Cuando Alejandro estaba limpio de dinero; cuando entre los dos no reunían más que la peseta ó los cinco reales con que atracarse de judías ó de una mala sopa, no se separaban por las noches. Miquis suspiraba, desconsolado y tristísimo; pero en cuanto empezaban á recorrer calles, como que se distraía y se olvidaba de su penuria. Gustaban de recorrer los barrios bajos, viendo riñas, escenas y extravagancias populares; ó bien, hastiados del bullicio, se metían por el solitario arrabal de la Mancebía, calles de la Redondilla y del Toro, plazuelas del Alamillo y de la Paja. Miquis necesitaba poco para transportarse con el vuelo de su imaginación al siglo XVII, y excitado por lo extraño de la escena, contaba á su amigo aventuras, episodios históricos, y le describía sucesos y caracteres.
También gustaban de recorrer la calle del Almendro, y se detenían ante la cerrada casa de la tiíta. Una noche de limpio cielo y clarísima luna, se sentaron á descansar en el pretil de Santisteban. Aquel sitio era perfecto escenario de aventuras de antaño. El caserón de Santisteban, el desnivelado suelo, el pretil, la casa de los Vargas con la barroca puerta de la capilla, la torre mudéjar de San Pedro, la soledad, la escasa luz, el silencio, todo era propiamente decorativo y romántico. No faltaba más que la humanidad con golilla y tizona. Miquis, inspirado, se terció su capa, dió varias vueltas, ocultóse en el hueco de una puerta, y salió de improviso gritando:
«¡Teneos... atrás! ¡traidor!
Ponte tú en medio de la calle y responde con brío:
¡Qué escucho! ¡cielos, valedme!
Y yo te doy la estocada:
¡Válgate el infierno!
Tú dices entonces con angustia:
Aguarda.
Oye una palabra... advierte...