Y yo te remato así:
¿Palabras yo? toma hierro.
Y caes bañado en sangre gritando:
¡Yo muero... Jesús mil veces!
Sofocado de su mímica tumultuosa, se sentó en el pretil.
—¡Qué gigantesca figura la de ese Duque!—exclamó con profundo desconsuelo.—¡Y que esto no se haya representado todavía...!
Cual si hablara con quien pudiera apreciar su erudición, dijo así:
—Yo presento al Duque como la figura más genuinamente española del siglo XVII. Su época está retratada en él, con todo lo que contiene de grande y viciado. Es un insigne caballero aquel don Pedro Téllez Girón, libertino, justiciero, cruel con los malos, generoso con los buenos; gobernando el reino de Nápoles, más que con juicios reposados, con ímpetus repentinos que casi siempre le salían bien; perseguidor de los usureros, de los curiales y de todos los que oprimen al pueblo; frenético por las mujeres y enamorado de todas las que veía; ambicioso de gloria, de popularidad; liberalísimo, manirroto, lleno de deudas; en diplomacias agudo, en moral indulgente...
Tantas vueltas había dado en su espíritu al famoso y noble Virrey, que concluyó por identificarse con él y hacerlo suyo, fundiendo el carácter soñado en el real. En sus soliloquios decía: «Soy lo mismito que el Grande Osuna.» ¡Oh! pues si Alejandro tuviera medios de manifestar lo que en sí llevaba; si los tiempos y las circunstancias le permitieran exteriorizarse, sin duda admiraríamos en él al gallardo tipo del prócer dadivoso, caballeresco, justiciero, duro con los malos, blando con los buenos, enamorado hasta el frenesí de toda mujer guapa...
Dando en el hombro de Centeno una palmada tan fuerte, que á poco más le hace caer del pretil, díjole estas enfáticas palabras: