—Tú eres mi secretario, el gran don Francisco de Quevedo.

Verse comparado con el hombre más gracioso que ha existido en el mundo, hacía reir á Felipe de gozo y orgullo.

Si pasaba un transeunte, Miquis decía al oído de su secretario:

—Ese es Jacques Pierres que acude á la conjuración de los uscoques. Uscoques son unos bandidos que habitan en las playas del Adriático. Ya sabes que el Adriático es...

—Un mar,—replicaba Felipe, hinchado de erudición.

—Pues supón que aquélla es la casa donde se reúnen misteriosamente los uscoques... ¿Ves aquel cura que pasa? Es Fra Domenico Caracciolo, camaldulense, que ha jurado acabar con el Duque por ciertas cuestiones... ¿Recuerdas el acto primero...?

—Sí... Fué porque los camaldulenses querían oprimir á los pobres, y el Duque cogió un día en Palacio á uno de los tales frailucos, cuando fueron á pedirle dinero... y le tiró de las orejas...

—Era un hombre terrible... En la casa donde están reunidos los uscoques se mete disfrazado don Francisco de Quevedo...

—Yo...

—Y lo descubres todito. Gracias que la Carniola, amante del Duque, previno á éste; que si no... Querían nada menos que asesinarle...