—Lo primero es pagar—dijo Miquis con honradez candorosa.—Habrá para todo.
¡Cielos! Si no se detiene á tiempo en aquella virtud del pagar, pronto se queda sin un maravedí. La mitad se lo llevó un tal Torquemada, hombre feroz y frío, con facha de sacristán, que prestaba á los estudiantes. Sólo por réditos le comió al manchego la mejor parte de lo que éste había recibido de su mamá... Después vino Cienfuegos... ¡Pobre mártir! ¿Cómo no ayudarle á salir de aquel nuevo apuro?... Socorrido el médico, se fué tan agradecido que casi lloraba al despedirse. Y véase cómo ampara Dios á los caritativos. Aquel mismo día fué Arias Ortiz á ver á Miquis, y le pagó seiscientos reales que le debía. Gozoso éste, determinó desempeñar alguna ropa, de la que estaba tan necesitado... Al fin, al fin podía salir otra vez á la calle con decencia.
Su gran debilidad no le permitía trabajar en el drama; pero con el despierto pensamiento, aguzado como cincel de acero, sin cesar acariciaba su obra. ¡Goces puros los de modelar mentalmente la creación artística, ablandándola y conformándola como la cera entre los dedos!
—Voy á restablecer la figura de la Carniola—decía una noche, ya metido en el lecho, á Felipe que le acompañaba;—voy á restablecerla tal como la concebí y como está en el manuscrito primero; figura grande y compleja... (tú eres un pobre bruto y no entiendes de esto)... figura que... Ya verás, ya verás el furor que ha de hacer en el público. Dirán que es cosa muy buena, y todos los críticos me aplaudirán. Catalina es una mujer del pueblo, sí, créelo; mujer vigorosamente poética, criada sin melindres, hija directa de la Naturaleza. Nacida en las inmediaciones de Ragusa, pertenece á la raza de los uscoques, de origen helénico, los implacables enemigos del turco, los guerrilleros del Adriático, medio piratas, medio comerciantes, pescadores y cazadores, veloces peces, pájaros dotados de agilidad portentosa... ¿Entiendes lo que voy diciendo?
Todo ojos y oídos, Felipe no apartaba un ápice su espíritu de esta febril elocuencia.
—Pues Catalina es robada de la casa paterna por un uscoque. Este muere en una reyerta con los venecianos. Pasa á ser presa y querida de un corsario, hasta que en un combate que éstos tienen con las galeras del Duque, la coge Jacques Pierres... ¿De qué te ríes? ¿De los muchos maridos que va teniendo esta señora?... Llámanla entre ellos la Carniola, porque la aprisionaron en el golfo así nombrado. Jacques Pierres la viste de riquísimas galas y joyas de Oriente, cogidas á los turcos, y la lleva á Nápoles, donde la tiene oculta, porque... ¡figúrate si será celoso, siendo ella tan guapa, y...! Para abreviar, te diré que la Carniola no puede ver á Jacques Pierres: le detesta, chico, y diera por librarse de él... no sé yo lo que diera... Pues verás ahora: en uno de aquellos paseos nocturnos que daba el Duque por la ciudad, acompañado de Quevedo, vió á la tal mujer...
—¡Y que era tonto mi señor Duque para enamorarse!—dijo Centeno.—Eso es en aquel pasaje que cuenta:
Ví en Posilipo una mujer tan bella,
no digo bien mujer; yo ví una diosa...
—Justamente. Pero aunque recuerdes la letra y situación, no comprendes el espíritu; no penetras tú el carácter de la Carniola. Esta hermosa mujer se enamora también del Duque, fascinada de su generosidad, de su hidalguía, de su gallarda presencia. Y tomando en mayor aborrecimiento á los corsarios rudos, con quienes había andado en tan malos tratos, le entran ambiciones de ser señora y de merecer el amor del Virrey, más que por la hermosura por la principalidad. Aquí es donde dice: