En un momento de mal humor había dicho Cirila: «Ya sabía yo que el señorito era muy aficionado á mantener vagos,» frase que al Doctor se le atravesó y no pudo digerirla en mucho tiempo. Pero mientras más le crecían las uñas á ella, más se esmeraba él en fiscalizar y discutir todo.

Desgraciadamente para el soñador del Toboso, pronto faltaron ocasiones de regatear sobre el precio de las comidas. El 1.º de Mayo, á consecuencia de haberse mojado con una llovizna, al anochecer, recayó con síntomas muy desconsoladores. Francamente, en la noche del 2, creyó que se moría. Vino Cienfuegos, y no fiándose de su ciencia para un mal tan grave, trajo consigo á un médico amigo, joven y afectuoso. La debilidad de Alejandro era tan grande como su inapetencia. Hubo que recurrir á la carne cruda, al extracto de Liebig, y con ninguna de estas cosas se atajaba el rápido desmoronamiento de aquella naturaleza, ávida de pulverizarse y perderse en lo inorgánico. La combustión crecía; las pérdidas eran enormes; el espíritu se iba quedando cada vez más solo, tan solo, que los desmayos eran simulacros de muerte. Peor estaba el infeliz que en casa de doña Pepa, y más hundido, más clavado y sepultado en aquella odiosa cama de tormento. Para que éste fuera mayor, su ánimo abatido negábase á buscar en sí mismo, en su propia arrogancia y fecundidad, las fuerzas reparatrices. Callaban los estímulos mentales del arte, y enmudecían los pruritos íntimos del ideal y el amor. Todo dormía en él, menos el enfermo; todo, menos la fatiga, el calor, el frío, la cefalalgia, el negro cansancio y la pesadez de sus huesos de plomo... ¡Inexplicable desvío el de la Tal, que no había ido á verle más que dos veces desde que allí estaba, y estas dos veces con mucha prisa, porque tenía que hacer, porque sólo disponía de un par de ratitos!... No vienen nunca solos los males. Á los referidos, juntóse uno que era en todas circunstancias dolorosísimo para el pobre estudiante, y en aquella terrible casa el mayor de los infortunios. ¡Se le había concluido esa cosa tonta y divina, esa farándula indispensable, esa nonada omnipotente que llaman dinero!... ¡Qué afanes, qué fatigas para procurarse algunas cantidades! Felipe no cesaba de salir con cartitas y recados. Volvía casi siempre con las manos vacías. «Es que ya abusamos—pensaba él.—Razón tienen en no darnos nada.»

VI

Tuvo Cirila no se sabe qué cuestiones con su marido, y éste desapareció. Se fué derecho á la ganadería, de donde no debió nunca salir. Ella no se había ido también, según dijo, por estar cerca de su hermana y cuidar al señorito; pero si el señorito no aprontaba lo necesario para el diario, no podía ella darle ni una miga de pan, porque... mostraba las palmas de las manos vacías... no tenía nada. Para dar al señorito la última tajada de carne, le fué menester empeñar su mantón y las sábanas de la cama... Por manera que si el señorito quería una chuleta, una taza de caldo, huevo pasado, rebanada de pan, ya podía ir pensando de dónde lo sacaba, porque ella...

En tal extremidad, y hallándose como ejército famélico en plaza estrechamente sitiada, discurrió Alejandro pedir socorro á su tía, que era la última palabra del credo en casos tales. Acudió volando Felipe con la esquelita, y á la hora volvió desconcertado y afligidísimo. La señora le había recibido con risas muy extrañas y llevádole á la sala, donde tenía (espanto y confusión de Felipe) una mesa con tapete encarnado, y encima dos velas verdes y sin fin de cartas de baraja revueltas... Á Centeno se le comprimió el corazón viendo cómo la señora, después de espantar un zángano invisible, se puso á revolver cartas sin hacer caso de él para nada... La criada entraba y salía, viendo todo como la cosa más natural del mundo... Por fuerza la mujerona sirviente estaba también tocada. ¿Y qué hizo la señora con la carta de su sobrino? Pues la colocó abierta sobre la mesa, y empezó á correr naipes, á correr naipes, diciendo unos latines ó romances que el demonio que los entendiera. Después trajo un puñado de cañamones, y haciendo un cucurucho se lo dió á Felipe para que lo llevara al sobrino sin ventura... Que Felipe salió escapado de la casa, no hay para qué decirlo. Felizmente, encontró en la calle de Toledo á su paisano y amigo Mateo del Olmo, de quien obtuvo, no sin esfuerzos de elocuencia, el anticipo de una peseta. Con ella compró pan, dos huevos y una chuleta, y guardó el resto para lo que ocurriese. Todavía había Providencia.

La misma noche tuvo un feliz encuentro en el pasillo de la casa, que era el Foro ó Parlamento en que se ventilaban las cuestiones de aquella federación de familias. Habiendo dejado á su amo dormido, salió á ver si podía hacer callar á unos chiquillos que alborotaban. Vió pasar á un hombre, que miraba al suelo, rozando su cuerpo contra la pared, al mismo tiempo que andaba vacilante. Reconocióle al punto, y tirando del faldón de una especie de levita, que del cuerpo de aquel fantasma pendía, le dijo:

—¡Don José!... ¿Ya no me conoce?

El otro se detuvo y le miró. Sus ojos, cual si acabaran de verter copiosísimo llanto, estaban húmedos. Sus erizados pelos bermejos se querían echar fuera sediciosamente del abollado sombrero que los oprimía y avasallaba. De su rostro emanaba una tristeza sepulcral, como de los anafres de las vecinas el pesado tufo, y así como en éstos, por los agujerillos, se ven las brasas quemadoras, así en el entenebrecido rostro de Ido se veían brillar ascuas de un mirar famélico. Más con el alma atenta que con el oído, enteróse Felipe de los conceptos de aquella voz, que dijo:

—¡Ah!... tú eres aquel Doctorcillo Centeno, el que estaba en casa de don Pedro... ¿Vives aquí?

Hubo mutuas explicaciones, y ofrecimiento de domicilio. Ido, tomando á Felipe por un brazo, retrocedió á la escalera, y se sentó en el último peldaño de ella.