—Siéntate aquí y hablaremos—dijo con voz desvanecida y vagorosa, cual si las palabras medrosas del aire en que vibraban, quisieran retroceder para volverse á la boca.—Sabrás, Felipe, cómo estoy sin colocación desde hace tres meses. Y por más que busco, y aro la tierra para encontrarla, no puedo conseguirlo. He visitado á todos los maestros, y nada. He ido á todos los colegios, y en ninguno hay vacante. Lecciones particulares, ¡Dios las dé!... De modo que estoy, hijo, á la cuarta pregunta... con mi señora enferma y cuatro hijos, cada uno con su boca correspondiente.
Preguntóle discretamente Felipe los motivos de su salida de la casa de Polo, á lo que el pendolista contestó de este modo:
—¡Ay! hijo, tú te marchaste antes de que en el bueno de don Pedro se iniciaran las grandes locuras que hemos visto... Ya conoces su genio de Barrabás y sabes cómo nos trataba... El genio se le podía llevar, anda con Dios; pero hay cosas, amigo Felipe, que ofenden á un hombre digno. Yo á nadie falto. ¿Por qué no se me ha de tratar con miramiento y buena crianza? Ya, cuando tú estabas, el maestro me decía palabras malsonantes; pero como él mismo se reía, pasaban por bromas. «Es usted más tonto que el cerato simple.» Esto era á cada momento. Bien: pase como un desahogo... Pero cuando un concepto se repite y se repite... Yo paso una broma; pero que me pongan motes no me gusta. Don Pedro, últimamente, ya no me llamaba por mi nombre, sino que decía: «Cerato simple, haga usted esto ó lo otro. Calamidad, esto ó aquello...» Los chicos se reían y no me respetaban nada. También entre ellos no faltaba quien dijera: «Cerato, vete al acá ó al allá.» Francamente, naturalmente, amigo Felipe, esto ya es por demás. Porque si un chico me falta una vez, se lo paso; pero que me tomen como cuento de risa... Si á uno le mandaba una cosa, me respondía: «Dido, no me da la gana...» «Dido, vete á donde quieras...» Francamente, naturalmente... yo estaba ya trinando en mi interior, y con un aquél que me revolvía las tripas. Don Pedro no hacía más que disparatar cuando tomaba las lecciones: todo lo decía al revés, y echaba la culpa á los chicos y á mí. Un día se puso como un león, echando lumbre por aquellos ojazos, con espuma en la boca; y empezó á tirarnos los libros, los tinteros, plumas, pizarras. Nos apedreaba. Á algunos alumnos les hizo heridas... Todos estábamos aterrados. Cogió al chico de Pasarón y le tiró al aire. Á todas éstas, renegaba de la escuela y decía maldiciones impropias de un sacerdote... Francamente, naturalmente, esto no se podía aguantar. Aquel día se retiraron de la escuela no pocos niños, y el padre de Nicomedes vino hecho una fiera, se trabó de palabras con don Pedro, y por poco se pegan. Otro día el maestro estaba como un idiota: no decía palabra; tenía una especie de modorra, y hasta parece que se le caía la baba... No te rías; sí: al tal don Pedro le pasa algo... Enfermo está no sé de qué... Pues como te decía, sin más ni más, salió con la pitada de que yo le quitaba los discípulos, y que soy un acá y un allá. Yo le dije: «Francamente, naturalmente, señor don Pedro...» Y él me contestó: «Porque usted, bajo esa capita de santo, es capaz de asesinar á su padre...» Francamente, naturalmente, yo... ¿qué había de hacer?... Total, que me marché. Aquí me tienes, pues, sin colocación, pasando las de Caín para mantener á tanta familia. ¿Vives tú con un señor que parece está enfermo, y que, según dijo doña Cirila, es algo poeta?
—¿Qué es eso de algo?—replicó Felipe, ofendido de que se escatimaran así las facultades literarias de su señor.—Mi amo es de lo que no hay en eso del drama y la poesía.
—Pues, hijo—manifestó don José alzando un poco la abatida voz por los bríos que le daba la esperanza,—á ver si me proporcionas algún trabajo. Quizás tenga tu amo borradores que copiar...
—Por ahora, señor don José, no sé si habrá algo; pero no está mi amo muy en fondos para encargar ese trabajo... Más adelante puede... porque tenemos unos dramas que el señorito va á poner en limpio.
—¡Dramas! Pues venga. Que me dé lo que pueda á cuenta... Yo también hice un drama en mi juventud; y en esta miseria de ahora se me ha ocurrido retocarlo, á ver si alguna compañía me lo quiere representar. Es cosa del conde Fernán González, y todo, todito, me lo hice en sonetos... Francamente, naturalmente, creo que no sirve para nada.
—Me voy, no sea que se despierte,—dijo Centeno, cansado de las confidencias de Ido.
Este le detuvo, y con voz más alentada, que declaraba el esfuerzo de su cobarde espíritu, le dijo estas palabras:
—Felipe, tú no sabes lo triste que es volver á casa á estas horas con las manos vacías, y cuando á uno le están esperando desde media tarde, creyendo que lleva los imposibles... Si algún día eres padre de familia, sabrás lo que esto es. Francamente, hijo, yo no sé si me habrás comprendido; si no, te diré que me hagas el favor de prestarme dos reales, si los tienes, y dispensa mi atrevimiento... que francamente, naturalmente, nunca creí que un hombre como yo, dedicado á la enseñanza...