Aquel apóstol de las gentes, aquel faro de las sociedades, aquel portero de la inmortalidad, el santo, el evangelista de la civilización, el pescador de hombres, sacó de su bolsillo una cosa que, por las trazas, debía de ser pañuelo, y lo aproximó á las fuentes de ternura que tenía por ojos. Felipe, hasta lo más hondo de sus entrañas conmovido, se registró bien los bolsillos, y todo lo que había en ellos se lo dió.

Miquis y su criado hablaron un rato de aquel infeliz vecino y de su triste situación.

—Coge todo lo que haya—dijo el manchego,—y llévaselo. ¿Qué nos importa el día de mañana? De alguna parte ha de venir. Nuestra miseria es contingente, accidental y temporal la suya es intrínseca y permanente. ¿No hay allí sobre la mesa dos huevos? Pues ofréceselos. Y las tres onzas de chocolate y el pan... Dale todos los cuartos que tengas en el bolsillo. ¡Pobre hombre! En cuanto me ponga bueno, he de buscarle una colocación.

Siempre el mismo Alejandro. Ansioso de dinero cuando no lo tenía, y capaz, por adquirirlo, hasta de olvidar los buenos principios, como sucedió en el caso de la tiíta, desde que tenía algo, fuese poco ó mucho, ya le faltaba tiempo para desprenderse de ello y acudir á cuantas necesidades, verdaderas ó falsas, se manifestaran á su lado. Su generosidad era tan incorregible como su ambición. Y no escarmentaba nunca. Repetidas veces se había visto en grandes aprietos por haber acudido con demasiada prisa al socorro de los ajenos. Ejemplo de ello, que pocas horas después de su liberalidad con el pobre Ido, al amanecer del siguiente día, la Naturaleza le pidió cuentas de su falta de caridad consigo mismo. ¡De qué buena gana se habría tomado una taza de té con leche, ó leche sola caliente!... Pero no había leche ni azúcar, ni dinero con qué comprarla. Como Felipe se quejara del pernicioso desprendimiento de su amo, éste le dijo:

—Qué quieres... yo soy así, y no puedo ser de otro modo. Por más que me empeñe en ello, no consigo ser egoísta. Mi yo es un yo ajeno.

Y ambos permanecieron silenciosos, mirándose á ratos; y cuando no se miraban, el uno fijaba sus ojos en el techo y el otro en el suelo. ¡Peregrina divergencia, que en cierto modo venía como á simbolizar la contraria organización de cada uno! ¿Y qué descubría Miquis en el techo? Nada. ¿Qué sacaba Felipe del suelo? Nada. Ni arriba ni abajo había para ellos socorro alguno.

Daba dolor ver al infeliz joven postrado en aquel lecho, y considerarle favorecido por Dios, si no de una constitución robusta, de bríos morales y mentales que debieran tener virtud suficiente para compensar, en cierto modo, la pobreza física. ¿Pero no podría creerse que la misma tensión y crecimiento del contenido habían roto el frágil vaso, que ya, ¡fatalidad!, no tenía soldadura? ¿Quién que le viera no le compadecería? ¿Quién que observara la expresión de aquel rostro, en que se pintaban con magistral sello el martirio y la exaltación de las ideas, no había de extender la mano y decir con arrebato de piedad: «Detente, muerte, y no le toques?»

Era la perfecta imagen de un Nazareno, á quien se le quitaran diez años. Su barba mosáica le había crecido algo después de la enfermedad; pero aún no pasaba de la condición de vello largo, fino y sedoso. Era más bien como una sombra dibujada con blando carboncillo: se creería que iba á desaparecer si la soplaban con fuerza. Su perfecta nariz afilada tenía transparencias de ópalo, y las tintas gelatinosas de sus mejillas y sienes hacían que éstas parecieran más deprimidas de lo que estaban. El tinte cárdeno de las cuencas de sus ojos agrandaba éstos, haciéndolos más negros, luminosos y profundos. Cuando eran intérpretes de la esperanza ó del entusiasmo, el espíritu como que no cabía en ellos y se derramaba en borbotones de luz. Tristes, parecían la propia mirada de la muerte; alegres, traían resurrección á apariencias de salud á todo el descompuesto organismo.

Día y noche se le veía en aquella postura de paciencia, incorporado en el lecho, porque no podía respirar de otra manera; rodeado de almohadas, mal cubierto, de frente á la luz, con la mirada perdida en el techo, ó en el cuadrado trozo de cielo que por la ventana se veía.

VII