Sacóles de la perplejidad en que ambos estaban una voz, precedida de discretos golpes en la puerta. La voz dijo: «¿dan su permiso?» y la persona que entró fué don José Ido, que á preguntar venía por el enfermo y á dar las gracias por los auxilios de la noche anterior. Alejandro, como de costumbre, dijo que se sentía mucho mejor, y entabló un ameno coloquio con aquel excelente sujeto, mártir de la instrucción, fanal de las generaciones, accidentalmente apagado por falta de aceite. Los tiempos estaban malos, y francamente, naturalmente, el bueno de Ido no había de coger una espuerta de tierra en las obras del Ayuntamiento... ¡Y pensar que había en España diez millones de seres, con ojos y manos, que no sabían escribir!... ¡Y que él, hombre capaz de enseñar á escribir al pilón de la Puerta del Sol, no tuviese que comer...! ¡Qué anomalías, y qué absurdos, y qué contrasentido tan desconsolador! ¿Pero esto era una nación ó una horda? Ido se inclinaba á creer que fuera una gavilla de empleados, una manada de cesantes y una piara de pretendientes... Por todas partes no se oían más que anuncios de revolución, y don José... francamente... le pedía á Dios que se armara la gorda lo más pronto posible, que todo se volviese patas arriba, y que viéramos á los generales y ministros yendo á esperar á los Reyes, y á los aguadores sentados en las poltronas... ¡ajajá! Porque la vuelta tenía que ser grande para que el país se desasnara.

Felipe, mientras hablaba su amigo, había encendido la cocinilla económica, y calentaba agua. Las retorcidas hojas del té estaban allí, en un papelejo; pero faltaba el azúcar.

—Si tuviera usted un poco de azúcar, don José...

—Precisamente—replicó el pendolista con generoso arranque,—ese es un artículo de que no carecemos nunca. Mi mujer tiene un primo confitero, que nos da el caramelo de desecho, el almíbar que se quema y toda la confitería que se pasa de punto... Al momento.

Fuése, y volvió con un gran paquete de aquellas materias sacarinas que había dicho. De los pedazos de caramelo llenó Alejandro un cucurucho para ponerlo debajo de la almohada, y al instante empezó á chupar. Aunque algo quemados, estaban buenos, y á él le sabían á gloria.

—Pues si tuviera usted un poco de leche, don José...

—Voy á ver... Puede...

Al poco rato, volvió mi hombre con un vasito que contenía un dedo de leche.

—Si se pudiera arreglar el señor con esto...

—Basta: muchas gracias.