Despidióse don José para ir á sus quehaceres, que eran recorrer todo Madrid en busca de colocación, y afanar al mismo tiempo, por los medios que la Providencia le sugiriera, el sustento para el día; tarea cruel, áspera y abrumadora que al pobre hombre le consumía y le resecaba hasta dejarle en los puros huesos. Bien copiando algún escrito, bien apelando á los sentimientos caritativos de los amigos, ó ya felicitando á cualquier prócer con un mensaje ornado de rasgos y primores caligráficos, lograba reunir miserable suma. ¡Pero las necesidades eran tantas...! ¡luego la enfermedad de su señora, el médico, las medicinas...! Francamente, naturalmente, don José Ido del Sagrario dudaba de la Divina Providencia.

Cuando Alejandro se tomó su té, que le supo muy bien, dijo á Felipe:

—Así no podemos estar... Esto es horrible. ¡Vaya un día! Hijito, es preciso que busques algo. Vete á ver á Cienfuegos. Que te dé siquiera dos duros. Si no los tiene, habla con Arias y con Zalamero, y píntale la situación.

Á media tarde volvía Felipe de su caminata. En aquel largo espacio de tiempo, no había estado Miquis en completo abandono. Cirila, que no era un ángel ni mucho menos, pero sí un sér humano, había entrado á las once y le había dicho esto:

—He puesto un pucherito. Le traeré á usted una taza de caldo, ó unas sopas claras si las quiere. Ya me debe usted seis duros, y si me da algo á cuenta, no le faltará nada.

No volvió Felipe con las manos vacías. Oigámosle:

—Cienfuegos no tiene un ochavo. Arias dice que si usted le da cinco duros, le hará un gran favor. Sí: para dar estamos. Poleró dice que vendrá á verle á usted esta noche, y Sánchez de Guevara me dió esta peseta para mí... ¡para mí! Bueno. El tío prisma salió muy tieso del comedor, con el mondadientes de plata en la boca; el señor Completo salió á echar sus cartas, y me preguntó si estaba usted mejor. Le dije que sí, y echó un suspiro. Prisma dijo que... memorias... y que si se ofrece algo para París. ¡Ah!... Zalamero que vendrá también por acá... Bueno... ¡Ah! memorias de Julián, que salió conmigo á la calle, y ha venido acompañándome hasta la puerta. No quiso entrar... Bueno... Ahora viene lo gordo... (metiendo la mano en el bolsillo y sacando un objeto). ¿Á que no sabe usted quién me ha dado este duro? Si lo acierta... ¿á que no acierta? Pues me lo ha dado doña Virginia. Dice que le va á mandar á usted chuletas... que eso que usted tiene no es más que hambre, y que se cura con carne y jamón.

—¡Pobre Virginia! Es una buena mujer... Mira, dale el duro enterito á Cirila. Hay que tener presente que se le debe más. Hoy me ha dado sopas.

—¡Ah!... don Basilio me dió este real... ¡para mí!... y que expresiones, y que no se acoquine usted.

Por la noche tuvieron de visita á Zalamero, Poleró y Arias. Hablaron tanto, que Alejandro se aturdió con el ruido; pero disimulaba su malestar por no privarse del gusto que tenía en la conversación. Lo único que dijo fué que hicieran el favor de no fumar mucho.