Y cargaba Felipe el lío, y salía y tornaba, y sin dar tiempo á que Alejandro dispusiese del dinero allegado por tan fatal medio, se presentaba Torquemada para llevárselo todo, lamentándose de que la cantidad no fuera mayor, y anunciando su grata visita para dentro de cuatro días. ¡Dios grande, qué hombre!

Apartado este peligro, se presentaban amenazadores otros muchos, y entre ellos el de no tener para las medicinas, ni para lo poco que allí se comía. Cirila, impasible, dijo una mañana:

—Como no me vuelva yo dinero... Hoy sí que no puedo hacer nada, señorito de mis pecados. Ni la lumbre puedo encender. ¡Bonito genio tiene el carbonero! ¿Oyó usted el escándalo que armó esta mañana por lo mucho que se le debe?...

—Felipe...

—Señor.

—Hijito, por Dios... haz un esfuerzo. Échate á la calle... Hoy tendrás suerte: me lo dice el corazón.

Salió Felipe desalentado y triste aquel día. Sentía un cansancio moral que le abrumaba. Aquella escuela de iniciativa y de voluntad era superior á sus años, y de vez en cuando la naturaleza juguetona y pueril se rebelaba contra los quehaceres graves, y contra la pesada carga de deberes más propios de hombre que de niño. Salió á mediodía, y vagando estuvo por las calles más de una hora, discurriendo qué camino tomaría y á qué amigos embestir en tal ocasión con la cortante arma de sus peticiones: no se le ocurría nada; se reconocía torpísimo, con desmayo muy grande en sus alientos; pasaba revista mental de personas, sin hallar en ninguna probabilidades de un feliz resultado... ¡Si tuviera la suerte de encontrarse en la calle un bolsillo de dinero...! Miraba á las baldosas; pero no vió en ellas ningún bolsillo ni cartera con billetes. ¡Si encontrara quien le diera trabajo, pagándole sus servicios...!

Pensó en Mateo del Olmo; pero éste le había dicho que si volvía otra vez á su casa haciéndose el tonto para pedir cuartos, le tiraría por la ventana á la calle. ¡Doña Virginia...! ¡Sí, buena estaba la señora!... Cuando fué ella misma á llevar las chuletas á don Alejandro, había encontrado en el cuarto de éste á una... ¡á la Tal!... y se retiró escandalizada. Tenía que oír doña Virginia... El don Alejandro era un perdido y no había que acordarse más de él. Estaba rodeado de gente de mal vivir, y lo que se le daba era para mantener... cállate, boca.

Á pesar de esta mala disposición de la excelsa patrona, Centeno fué allá. Podría ser que alguno de los señoritos... ¡María Santísima, cómo se puso Virginia cuando le vió entrar! No le echó por la escalera abajo porque no dijeran... Día más desgraciado que aquél no lo había visto Felipe en su vida. ¡Vaya unas caras que ponían los huéspedes! Verdaderamente estaban cansados de tanta y tanta postulancia. Cienfuegos, desde que Miquis había llamado á otro médico, no iba por allá, y además estaba, como siempre, en malísima situación. Los demás no tenían voluntad de dar ó carecían de dinero.

—Esto ya es vicio—dijo Poleró.—Si su padre no le mandara, vamos... pero él tiene sus mesadas... Aunque le diéramos millones, lo mismo que nada. Aquello es un tonel sin fondo. Felipe, vete á la Casa de la Moneda, única que puede surtir á tu amo. En la tuya hay por fuerza muchas bocas de chupópteros... ¡Pobre Alejandro! ¡pobre chico! Al fin ha de ir al hospital, y será lo mejor para él.