Casi lo mismo dijeron los demás. De la mano de ninguno de ellos se desprendió ¡ay! el rocío de un solo cuarto.
Fuése á la calle muy descorazonado, y dió, durante media hora, vueltas y más vueltas por el barrio, pensando, discurriendo, cavilando... ¿Sobre quién dejaría caer el filo de su tajante sable?... ¡Ah! ¡qué idea! si se atreviera... Si se atreviera á dar un ataque á don Pedro Polo... Pero ¡quiá! con el genio tremebundo de este señor... Á buena parte iba... Con todo, ¿por qué no había de probar? Si don Pedro le decía que no, bueno; si, por el contrario, se hallaba en situación favorable, en uno de aquellos momentos en que parecía que se ablandaba y se derretía la masa durísima de su genio...-¡Nada, á él! Quien no se atreve no pasa la mar. ¡Á don Pedro, y salga lo que saliere! Dirigióse á la calle de la Libertad; pero tan poca confianza tenía y tanto miedo de presentarse á su antiguo amo y maestro, que moderaba el paso, y ya en la puerta, volvió atrás y se entretuvo dando tiempo al tiempo, asustado del momento que anhelaba... ¡Cobarde! Sintiendo al fin arranques de energía, afrontó la terrible situación. ¡Adentro! ¡Cómo le temblaban las manos, cómo le palpitaba el corazón! Subió y llamó. Era la hora en que don Pedro, ya bien comido y bebido, acostumbraba entretenerse un rato en su cuarto, fumando y hojeando algún libro de clase... Desde que la criada abrió la puerta, sintió Felipe la voz de Marcelina, y esto le fué de tan mal augurio, que se habría vuelto á la calle si al mismo tiempo no oyera la del maestro, diciendo:
—¿Quién es?
El mismo Polo salió al recibimiento. ¡Sorpresa! Felipe como un muerto... ¡Con qué ganas se precipitaría por la escalera abajo!
—¡Felipe!... ¿tú por aquí? Pasa, hombre... ¡Jesús! derrotadillo estás...
Estas palabras, dichas con benevolencia, le volvieron el alma al cuerpo.
—Que entres, hombre. Parece que me tienes miedo. ¿Qué es de tu vida?
Don Pedro le llevó á su cuarto. Felipe le miraba, regocijándose de haberle encontrado de buen temple. Daba gracias á Dios de que no estuvieran delante, mientras él hacía su petición, ni la madre ni la hermana del Cura, pues de ambas temía desfavorables informes... ¡Vaya, que estaba aquel día de buenas el león! Para que todo fuera lisonjero, don Pedro le facilitaba la penosa exposición de su cuita, saliéndole al encuentro con esta hidalga y familiar frase:
—Ya, tú estás mal y vienes á que te socorra.
Felipe dió un gran suspiro. Bien comprendía que ninguna palabra sería más elocuente. En pie, la roja boína en la mano, no apartaba los ojos del suelo. El rubor le quemaba el rostro.