—No me coge de nuevas que estés tan mal. Desde que saliste de mi casa no habrás hecho más que vagabundear. Eres un perdido, un pillete de esas calles, y no teniendo ya quien te dé, no encontrando ya en dónde merodear, vienes á que yo te ampare...

Felipe sintió que materialmente se le desprendía la cara y al suelo se le caía. Hizo con ambas manos un movimiento encaminado á evitar esta catástrofe anatómica. Comprendió que era preciso decir algo. El silencio le acusaba.

—No, señor...—murmuró;—yo no soy vago... Estoy sirviendo á un caballero...

—¿Y ese caballero no te da salario, no te da ni siquiera de comer?

—Sí, Señor... pero...—balbució Felipe, aturdidísimo y sin saber cómo explicar el extraño y nunca visto caso de su miseria.

—Á ver, explícame eso.

—Es que mi amo no tiene nada... está pobre...

—¿Quién es?

—Un estudiante.

—Nunca he visto estudiantes que tengan sirvientes. ¿Es, por ventura, hijo de reyes?