Felipe se cortó. Su garganta oprimida no daba paso á la voz ni al resuello. Las ideas se le escapaban por un gran boquete abierto en su cráneo. Empezó á hacer pucheros.

—No, con llantico no me convences... Mientras no me expliques bien qué amo es ese, y por qué está tan miserable... ¿Y tú para quién pides, para tí ó para él?

—Para él.

Don Pedro rompió en franca risa. Haciendo juego con él, en contrario, Felipe lloraba como una Magdalena.

—Si usted no quiere creerme...—decía entre sollozo y sollozo...

—Pero si no me has explicado nada...

Y seguía llorando, llorando. Cada ojo era un río inagotable. Don Pedro, mejor dicho, el caimán de la escuela, le miraba sonriendo con cierta ferocidad escudriñadora, detrás de la cual quién sabe si se escondía la compasión.

Limpiándose las lágrimas con ambas manos, á puñados, Felipe suspiró estas palabras: «adiós, señor don Pedro,» y dió media vuelta y salió del cuarto, encaminándose á buen paso hacia la puerta de la escalera. Por el recibimiento iba, cuando la voz del maestro, iracunda, gritó:

—¡Doctorcillo!

Éste retrocedió.