—Demuéstrame tu necesidad—le indicó entre ceñudo y compasivo;—hazme ver que no pides para vicios y para entretener tu vagancia, y entonces te daré...
Felipe no respondía nada. Ya no lloraba.
—Pruébame...
¿Y cómo lo había de probar el desventurado? Pensó decir á Polo que se diera una vuelta por la malhadada casa de la calle de Cervantes, para que se convenciera, por el testimonio de sus ojos, de la verdad del lastimoso cuadro; pero esto le pareció ineficaz. Don Pedro no había de ir allá.
—Á ver, habla...
—Adiós, señor don Pedro,—volvió á decir el Doctor, dando otra vez la media vuelta para retirarse.
—Haz lo que quieras... Bueno, hombre, abur. ¿Y á dónde vas con tu cantinela?
Felipe se detuvo y le miró bien.
—Voy á ver si me quiere socorrer—dijo—una persona que ya otra vez me socorrió.
—¿Quién?