—La señorita doña Amparo.

Don Pedro, súbitamente, se volvió para la pared. Así no pudo ver Felipe su palidez, que era como la del bronce que quiere ser plata.

Haciendo que miraba un mapa. Polo exhaló estas palabras:

—¿Cómo fué eso?... ¿cuándo?

—El día que me marché de aquí, la señorita doña Amparo, que tiene tan buen corazón, me dió seis pesetas que se había sacado á la lotería.

Don Pedro empezó á revolver papeles sobre la mesa, quitando cosas de su sitio para llevarlas á otro. Se hacía el distraído, refunfuñando:

—¿Es eso verdad?... ¡Qué cosas te pasan, hombre! ¿Con qué seis pesetas...?

No miraba á Felipe, ni éste podía advertir en el rostro de su maestro señales de interior borrasca. El caimán se metió la mano en el bolsillo. Sonó dinero. Era como el roce y frotamiento de metálicas escamas. Felipe fué todo ojos. Una de las manos de don Pedro contaba sobre la otra, pasando y repasando monedas.

—Toma siete,—le dijo la domada fiera, poniendo un montoncillo sobre la mesa.

—Dios se lo pague, don Pedro, y le dé mucha salud á usted y á toda su familia.