Parte del dinero cayó al suelo. Mientras el amigo de Juanito lo recogía, Felipe, atento sólo á batir palmas en celebración de la cantatriz, llegó á perder hasta el verdadero conocimiento del sitio en que estaba. Veía diferentes personas á su lado y delante; mas no se hizo cargo de nada. Por un momento creyó distinguir en una de las mesas próximas un semblante conocido, mujer hermosa, rodeada de hombres: asaltóle sobre esto un pensamiento, hizo una observación; pero imagen, ideas, apreciaciones, todo se desvaneció en su mente, dejándole otra vez en su aturdimiento deleitoso. No vió al mozo que cobraba y devolvía cuartos, ni supo él lo que de sus propios bolsillos había salido, ni lo que á ellos restituyera.
Tampoco supo cómo y cuándo salió del café, ni dónde se separaron de él sus amigos... Oyó la campana del reloj de la Puerta del Sol. Atento y como volviendo en sí, con la facultad de apreciar el tiempo, contó las once... ¡las once! Llevóse la mano con ardiente ansiedad al bolsillo... Nada: bolsillo más limpio no se había visto nunca. En rápido giro pasaron por su mente todos los sucesos de aquel día... ¡Don Pedro, las siete pesetas; don Florencio, los hojaldres!... ¿Y dónde estaban los hojaldres? Como se recuerda una pesadilla, con indistintos contornos y matices, recordó Centeno la descomunal boca del amigo de Juanito abriéndose de par en par para comerse los hojaldres... Y el dinero, ¿qué vuelta había tomado?... Y su amo, ¿qué pensaría de la tardanza? ¿Qué le habría pasado en aquel largo día de soledad y escasez?...
Recobró Felipe sus facultades instantáneamente. Entraron como de golpe y con tumultuosa sorpresa, cuál guerreros que acometen airados el puesto de que les expulsó la perfidia. De todo lo que entró en el cerebro del hijo de Socartes, lo primero y lo que más ruido hizo fué la vergüenza... Esta era tan fuerte y le dominaba tanto, que no sabía si apresurar ó detener su vuelta á la casa. ¿Qué le diría don Alejandro? ¿Qué diría él para disculparse?
Llegó, al fin, temblando. Le horrorizaba el pensar que encontraría muerto á su señor. Si muerto no, de fijo le hallaría muy enojado. Seguramente habría carecido de alimento, de asistencia, de compañía... Y lo peor de todo era que al volver á la casa después de doce horas de ausencia, no llevaba ni un real, ni siquiera un par de cuartos. Ganas le daban á Felipe de estrellarse la cabeza contra la pared de la espalera... Bribón mayor que él no había nacido de madre. ¿Qué cara pondría su amo al verle, qué le diría?
Entró por el pasillo adelante más muerto que vivo; y cuando á la puerta se acercaba, diéronle ganas de retroceder y volverse á la calle. Cirila le abrió diciendo: «Me gustan las horas de venir.» Vió Felipe luz en el cuarto de su amo, y oyó una voz que le parecía ser el propio órgano parlante de don José Ido. Esto como que le dió ánimos para empujar la puerta...
Grandísimo consuelo tuvo al ver que su amo conversaba tranquilamente con el calígrafo. Hablaban de política, y don José decía con soberana perspicacia:
—Lo que es Narváez, señor don Alejandro, lo que es Narváez...
Apartó su atención Miquis de aquella importante declaración para increpar á su criado:
—Perdido, ¿ya estás aquí? Más valía que no hubieras vuelto más.
Centeno no supo qué responder. En medio de la vergüenza y pena que sentía, observaba que su amo no estaba colérico. Reñía sonriendo.