—Á ver, cuenta... ¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho en tanto tiempo?

—Vaya... pues con el permiso de usted...—indicó don José, dispuesto á retirarse.—Ya tiene el señor compañía...

Quedáronse solos... ¡Con qué arte se disculpaba Felipe, y qué vueltas y revueltas tomaba su pensamiento para evadir la dialéctica de su amo, que implacable le perseguía! ¡Qué de mentiras dijo, y cuántas combinaciones de lugares y horas hizo para encontrar atenuación cumplida de su tardanza!

—Para que veas cómo no te valen conmigo tus embrollos—le dijo Miquis riendo,—te voy á probar que soy adivino. Sin moverme de mi cama sé dónde has estado: te he visto, Felipe, te he visto, aunque no nací en Jueves Santo, como mi señora tía. Has estado en el café de Diana tomando copas; te has emborrachado... No hacías más que aplaudir á la tiple y decir barbaridades. Y seguramente eres un hombre rico, porque allí sacaste muchas pesetas... Á ver, hombre, enseña esos tesoros... abre esos bolsillos...

Desconcertado se quedó Felipe al oír esto. Su amo se reía, y él no sabía si enfurruñarse ó reir también. ¡Otro caso extraño, muy extraño! En la mesa de noche había dinero, pesetas... ¡Fenómeno más extraño aún y verdaderamente maravilloso!... Las pesetas eran siete.

No pudo Alejandro obtener de él una confidencia explícita, y al fin se durmió... Felipe cayó también sobre el sofá rendido de sueño y cansancio.

IV

El médico que á Miquis asistía era un joven simpático, aplicadísimo, y que se encariñaba con los enfermos, mirándolos como amigos y como libros, cual materia de afecto y de enseñanza. Y al decirle por las mañanas: «¿Qué tal, cómo va ese valor?» leía en su cara, en su lengua, en su pulso renglones de dolor. Hombre compasivo y afanoso de aprender, Moreno Rubio sentía en su corazón pena y lástima de cristiano; pero este dolor lo atenuaba con las caricias de sus dedos de rosa, con el goce científico, ó sea el estudio de aquel hermoso caso. Observar la marcha metódica de la enfermedad, conforme en cada uno de sus terribles pasos con el diagnóstico que él había hecho; ver y oír cada síntoma; examinar las turgencias, las morbideces, los ruidos toráxicos, las eliminaciones... ¡qué cosa tan entretenida! Esto y los cantos de un bello poema venían á ser cosas muy semejantes. Principalmente la auscultación, en la cual Moreno Rubio empleara todos los días un largo rato, enamoraba su espíritu. Las cosas que dice el aire en los pulmones son en verdad estupendas. Esta música no es igualmente seductora para todos; pero su expresión sublime nadie la negará. La resonancia sibilante, la cavernosa, los ecos, los golpes, los trémolos, las sonoridades indistintas y apianadas, que ya no parecen voces del cuerpo, sino soliloquios del alma, constituyen una gama interesantísima. ¡Lástima que la letra de esta música sea casi siempre una endecha de muerte! Los oídos del médico se regalan con los suspiros del moribundo.

Aquella mañana (no sabemos bien qué día era) el médico y Cienfuegos conferenciaron en la escalera, por no poder hacerlo en la casa. Cara triste tenía Moreno Rubio cuando dijo:

—Se va por la posta... ¡pobre chico! Los tubérculos han destruido casi todo el parénquima. Han empezado de una manera alarmante el reblandecimiento y expulsión de tubérculos. Va esto con una rapidez que me sorprende, porque al principio noté cierta lentitud en el desarrollo de los tubérculos, y creí que nuestro dramaturgo tiraría hasta el otoño.