—La voz—dijo Cienfuegos, no menos triste,—se le transformó desde ayer por la mañana. Me espanté cuando le oí.

—La broncofonía nos indica la formación súbita de grandes cavernas... Mañana auscultaremos, y observará usted el curioso fenómeno de la pectoriloquia... En fin, seguir con la digital, y de noche los calmantes.

Oyó Felipe esta conferencia, y su terror fué grande. Quedóse como quien se cae de muy alto, atontado. No creía él que la enfermedad de su amo fuera tan grave, ni temía una tan próxima catástrofe; pero, pues aquel señor lo dijo, cierto debía de ser. Lo primero que hizo fué echarse á llorar; mas pronto comprendió la necesidad de contenerse y envalentonarse para que su amo no se acobardara viéndole tan afligido. Compuso su semblante lo mejor que pudo, y entró en el cuarto. Felizmente estaba el enfermo tan aferrado al bello engaño de su pronta curación, que no era preciso fingir alegría para darle ánimos. Desde el día anterior no cesaba de hacer proyectos, los unos de arte y de trabajos para el año próximo, los otros bucólicos y de vida regalona.

—¡Qué buenos días voy á pasar en la Mancha este verano!—decía,—pues yo creo que allá para el 15 ó 20 de Junio podré marcharme. Esto no es más que una fuerte irritación que ya va cediendo, á mi parecer... Porque yo me siento mejor, sí, señor; y aunque no tengo fuerzas, ellas vendrán. En todo el verano no haré más que pasear, comer y dormir. Estaré allá para la siega y me divertiré mucho. Para que veas si soy bueno, Flip, te voy á llevar. Verás cómo te diviertes. Iremos de caza. ¿Tú tiras?... Si no tiras, yo te enseñaré... Es un gusto ir á codornices... Mi padre tiene un monte... Ya se me hace la boca agua, pensando en el apetito que allí se me abrirá de par en par... me comeré hasta los platos... Mira tú: nos salimos de madrugada y nos llevamos el almuerzo en una cesta... creo que hasta la cesta nos la tragaremos... Á las diez ya no podremos tenernos de hambre.

Felipe, al oír esto, hacía disimulos muy penosos de su congoja, y tan bien fingía, que el otro se entusiasmaba más. Necesitaba poco para ponerse en aquel estado, por ser su alma genuinamente arrebatada y soñadora. Pero Centeno, sin olvidar sus papeles, estaba muy inquieto con ciertas ideas referentes á lo que en la escalera había oído. Entrando y saliendo á sus quehaceres, ni por un momento se apartaba de su alma aquella pena, y á la pena se unía un prurito de rebelión contra el dictamen de Moreno Rubio. No: su amo no podía estar tan malo como el médico decía; su amo no se moriría... ¡pues no faltaba más! Sin duda Moreno Rubio era un bruto que no entendía el oficio, y soltaba tales paparruchas para darse importancia. ¡Morirse tan joven, morirse habiendo hecho El Grande Osuna! Esto no podía ser. Si Felipe fuera ya médico, si él supiera ya todo lo que trataban los libros de Cienfuegos, de fijo pondría á su amo más sano que una manzana.

«Los médicos de ahora no sirven—pensó.—Para médicos los de mañana, los que van á venir.»

Cienfuegos pasaba otra vez allí largas horas, y como era tiempo de exámenes, allí tenía sus libros para darse alguno que otro atracón tarde y noche. Cuando salía, Felipe hojeaba aquellas obras tan sabias, ávido de encontrar en ellas noticias de la enfermedad de Alejandro. ¡Inútil y desesperante trabajo! No entendía ni jota, y como todo era terminachos obscuros, más se desesperaba cuanto más leía. Por último, encontró una palabra que Moreno Rubio había pronunciado en la escalera. Parénquima decía el libro. Allí estaba el busilis... ¡Oh! si él hubiera aprendido siquiera alguna cosita; pero no, no sabía nada: era más bruto que Moreno Rubio y que el mismo Cienfuegos... Se golpeaba Felipe su respetable cráneo, esperando que por este medio brotara en él alguna chispa de sabiduría médica; pero nada, nada... todo era cerrazón, dureza, ignorancia... Después buscaba las láminas de los libros, con esperanza de encontrar en ellas alguna idea. Las láminas tampoco le decían lo que él anhelaba saber. Ninguna halló que dijera: «Estado de los pulmones del señorito Alejandro.»

Su avidez le quitó el sueño aquella noche: nada le distraía, nada le consolaba. Ocupado en distintos menesteres, su pensamiento seguía embebido en las mismas ideas y devorado por el mismo afán, ¡ay! afán de amor y curiosidad. ¿Cuál era su antojo? Nada menos que averiguar cómo era su amo por dentro; meter sus miradas en aquel dichoso parénquima, en aquellas cavernas y tubérculos, para ver en qué consistía el daño, y por qué se había de morir su amo. Mentalmente le abría en canal con un grande y cortante instrumento que no causaba daño, y luego introducía con sutileza sus manos para extraer el mal... Lo dicho, dicho: Moreno Rubio era un pobre hombre que no sabía el oficio.

Aquellos días tenía Miquis, á ratos, la compañía de Ruiz, y por las noches la de don José Ido. Felipe se había hecho muy amigo de la familia de éste. Eran los cuatro niños de Ido una generación lucidísima, propia para dar lustre y perpetuidad á la raza de maestros de escuela. El uno de ellos cojeaba, el otro tenía las piernas torcidas en forma de paréntesis, el tercero ostentaba labio leporino, y la mayor y primogénita era algo cargada de espaldas, por no decir otra cosa. Además, estaban pálidos, cacoquimios, llenos de manifestaciones escrofulosas. ¡Pluguiera á Dios que no representara tal familia el porvenir de la enseñanza en España! Era, sí, dechado tristísimo de la caquexia popular, mal grande de nuestra raza, mal terrible en Madrid, que de mil modos reclama higiene, escuelas, gimnasia, aire, urbanización.

Rosa Ido, con ser raquítica, no carecía de belleza y gracia. Era sumamente redicha, y en un certamen de hablar mucho se habría ganado todos los premios. Tenía los ojos azules; el pelo de color de esponja y enmarañado; la boca grande, sin duda de tanto charlar; los modales desenvueltos. Andaba á saltos, comía devorando. Era el tipo de los salvajes de buhardilla, que se extienden por la línea de tejados de Madrid, cerniéndose sobre la población como bandada famélica. Devoran los desperdicios que llegan hasta ellos, y piden sin cesar. Descienden rara vez, porque no tienen ropa con qué presentarse. Viven en aquella altísima capa urbana, situada entre el cielo y los ricos.