Grandes y cordiales amistades se entablaron entre ella y Felipe. Mañana y tarde oíase la argentina voz de Rosa Ido en la puerta: ¿Dan ustedes su primiso? Y sin esperar respuesta se metía dentro. Charlaba un rato con Alejandro, contándole chismes de la vecindad. Cuando Felipe iba á un recado le acompañaba hasta media escalera, y cuando volvía se la encontraba en el mismo sitio con su harapienta muñeca en brazos. Centeno, á su vez, si su amo tenía visita, íbase á la casa de Ido, cuya esposa, algo mejorada de sus acerbos males, le hacía los honores con regaños.

El lugar de tertulia de Rosa y Felipe era una escalerilla conducente á los tejados y á la pequeña azotea donde las vecinas tendían la ropa. En los escalones ponían los chicos sus juguetes, que eran pedazos de pucheros rotos, palitroques y carretes sin hilo, con los cuales hacían trenes de artillería. Allí instalaba Rosa su boudoir, consistente en un espejo roto, dos flores de trapo, acerico, medio peine, varios frascos vacíos, y allí desnudaba y vestía á la muñeca, asistida de su amigo, que para estas cosas no carecía de habilidad. Cuando estaban solos eran las grandes confianzas. Vaya de muestra.

Rosa Ido.—Felipe, la otra noche, cuando estuviste fuera todo el día y volviste bebido, vino la Tal... ¡Qué enfado me dió!... Me la hubiera comido. Mamá dice que es una mujer mala, y que señá Cirila es otra mala mujer. Dice que si la hermana parece tan guapa es porque se da pintura. Mamá y papá no se tratan con esta gente, porque ellos, aunque pobres, son de buena familia... El papá de mi mamá era lo que llaman cabrerizo de Palacio, de esos señores que van montados al lado de la Reina.

Felipe.—(Con autoridad.) Se dice caballerizo y no cabrerizo.

Rosa.—Qué más da... Bien dice papá que tú tienes talento... Pues sí, vino la Tal. Entró hecha una farotona, y me dijo: «chiquilla, vete.» ¿Habráse visto...? Yo me salí; pero me quedé en la puerta para pescar algo... Á don Alejandro, cuando la vió, se le pusieron los ojos más relumbrones... ¡Ella no se acercó á la cama; se puso alejos... ¿te enteras?... y le miraba con una lástima...! ¿Cómo le dijo? No me acuerdo. Ello fué una cosa mu tierna, mu tierna. ¿Sabes lo que dice mamá? Que esa mujerona es quien ha matado á tu amo... Dimpués que hablaron dale que te pego, contó ella que te había visto con una gran turca en el café...

Felipe.—(Avergonzado.) Es mentira... Si la cojo...

Rosa.—Aguarda. Los dos se rieron, y aluego hablaron de otra cosa. ¡Qué ojos tiene tan rebonitos! Don Alejandro la miraba como un bobo, y parecía que se ponía bueno. Se sentó en la cama. Ella se prosimó entonces y le dió la mano. Dimpués sacó ella pesetas y las puso en la mesa de noche. Dice mamá que esa mujer le ha sacado mucho dinero á tu amo, y que ahora es un bochorno para él que ella le dé limosna.

Felipe.—¡Quita allá!... ¿qué le ha de dar...? Será casualidad...

Rosa.—(Bajando la voz.) ¿Sabes lo que dice mamá? Que Cirila es una ladrona, y que está vendiendo la ropa de tu amo. Yo estoy volada. Me dan ganas de decirle: «so tía...» Es que tengo yo un genio... ¡Conmigo no jugaba esa tiburona! Si yo fuera tú, la ponía en la calle... así... clarito, y le decía: «señora, ¿usted qué se ha llegado á figurar?» Dice papá que tu amo es un santo y que sabe hacer funciones del teatro, y que ganará mucho dinero; pero que antes se ha de morir... que no llega al mes que viene...

Felipe.—(Dando un suspiro.) Cállate, mujer.