V
Otra vez la conversación recaía sobre el gato. Estaba enfermo, y doña Rosa Ido inconsolable. Felipe se brindó con gravedad facultativa á asistirle; le tomó el pulso, le auscultó, le examinó, pronunciando hinchadas frases de hipocrático sentido, como: «Este señor es muy aprensivo... ¿ha comido este señor algo más de lo que tiene por costumbre?... Hay fiebre... Esperaremos la remisión de la mañana... Debe de ser cosa del parénquima... ¿sabes tú lo que es el parénquima?... Pues es donde están los tubérculos, unas cosas muy malas, muy malas.»
—¿Y qué le damos para esos tabernáculos?—preguntó Rosa consternada, teniendo sobre su regazo al animal paciente, tieso y al parecer espirante.
—En vista de que las funciones tal y cual—dijo Centeno, ni serio ni festivo—no van como es debido; y en vista de que la inflamación de la pulmonía de la clavícula interesa al hueso palomo del infarto de la glándula estomacal mocosa...
—Tú estás de broma... y el pobre animalilo se muere... ¿Ha venido el señor de Moreno Rubio? Cuando llegue ha de ver al michito bonito... Verás tú cómo con algo de la botica se pone bueno.
—Yo pondré la receta. Oído... Del extracto de chuleta: tres grados centígrados. Del jarabe de cordilla oficinal: cuatro cuartos. Mézclese, agítese, platéese y dórese...
—¡Qué gracioso!...
—Veamos ese pulso. Está durillo... Un sopicaldo de ratón; después un poco de merluza.
—¿Merluza? Dios la dé... ¿Te parece que le demos unas friegas?...
—No está mal, no está mal. Esa medicina sí que es baratita. Frótale hasta mañana. ¿Qué edad tiene el enfermo? ¿Es anciano?