—Quita... si es un jovencito... si nació el año pasado.
—¡Ah!... abusos de la juventud... Le conviene el cambio de aires... Panticosa.
—¡Qué chusco...!
Alejandro llamó á su criado, y la señorita de Ido quedóse sola con su enfermo, á quien administraba cariño, suaves y amorosas friegas y pases de lomo. Poco después, amo y criado oyeron el dan ustedes su primiso, y he aquí que aparece Rosita hecha un mar de lágrimas. El gato había concluido su existencia. ¡Cosa tremenda! Estaba ella dándole una miguita de pan mojada en leche, cuando el pobre animal estiró una pata, luego otra, quedándose yerto, con los ojos vidriados y el hocico entreabierto... No pudiendo soportar el espectáculo tristísimo del cadáver de Michín, Rosita lo había puesto en la azotea, entre dos tiestos de flores que allí vió, y se había bajado á su casa y al pasillo para llorar más á sus anchas. Alejandro la consolaba prometiéndole comprarle en la plaza de Santa Ana uno de Angora, bonitísimo, con el rabo como una pluma, y el pelo largo y fino, como seda.
Desde que tuvo un rato libre, corrió Felipe al tejado, donde estaba el frío cuerpo del animal difunto. Rosita le seguía, sin atreverse á rebasar la escalerilla, y desde el último peldaño observaba lo que el otro hacía. Vióle acercarse al gato, cogerlo, llevarlo á un ángulo protegido de los rayos del sol por los tejados, sentarse allí...
—¿Qué haces, Felipe?
—Lárgate de aquí... Tu madre te está llamando: desde aquí oigo sus gritos. Te va á pegar. Corre, vete.
Desde donde estaba pudo, torciendo el cuerpo, arrojarle una piedrecilla que le dió en la cabeza.
—¡Qué bruto eres!
—Pues vete. Si no bajas, te pego.