—¡Qué bromas tienes!

—No es broma.

Rosa se fué. Felipe estaba serio, tan serio que parecía un señor mayor. Hasta entonces no se vieron en sus rasgos infantiles los firmes lineamentos del hombre. Detrás de su travesura asomaban los cuarenta años, con máscara grave de paciencia. Hallábase tan poseído de un ardiente anhelo y de curiosidad tan abrasadora, que ni la voz de su amo le habría distraído en aquel momento. Sentado en la azotea, con el tieso animal entre las rodillas, sacó una navaja del bolsillo, y ¡zas!... Ambrosio Paré, Servet, Andrés Vesale, ¿qué decís á esto? El cuchillo estaba bien afilado. Empezó Felipe con tacto y maestría: su ardiente afán no le alteraba el pulso, y supo desprender con serenidad la piel. Había en su espíritu misteriosas intuiciones de cómo había de proceder; antojábasele que ya lo había hecho otra vez... No, no eran enteramente nuevos para él los goces de aquel sangriento juego... Si jamás lo hizo, sin duda lo había soñado.

Corta por aquí y por allí. Antes de profundizar, quiere reconocer la boca. ¡Treinta dientes! Y ¡qué extraña la inserción de la lengua, y qué áspera y picona toda ella! Como que está erizada de púas... Ahora veamos ese dichoso parénquima. Ábrete, cuello. Por aquí será... Ve el Doctor la cavidad laríngea y dice: «aquí es donde tienen los mayidos.» Con la punta de su navaja reconoce durezas, discierne el cartílago del hueso, aparta tegumentos y músculos. Pone especial cuidado en no mancharse de sangre, y sabe respetar las arterias.

—Hola, hola, aquí tenemos los pulmones: son estas esponjas, estas cosas llenas de huequecillos... Me parece que este caballero y mi amo tienen la misma enfermedad. Pero no veo nada.. ¿Y el parénquima? Será esto que está detrás. ¿Pues y esta canal? Por aquí va lo que comemos. Me parece que el corazón está por aquí. Por estos caños entra y sale la sangre... Sigamos la canal abajo. ¡El estómago! Ábrete, perro, ábrete. ¡Zas!... ¿De qué has muerto, gato? La sangre no corre: apelmazada aquí, en el corazón, y el estómago lo tienes negro... Tú no has comido en muchos días... ¿Y el solomillo, dónde está? ¡Zas!... Ahora con finura, para sacar el buche entero. ¿Qué es esto? Las asaúras serán. ¿Y para qué sirven?... Por estas cuerdas que aquí veo, tirabas y aflojabas para correr... ¿Pero ese condenado parénquima, dónde anda? Los bofes son éstos. Esto es el respirar y el toser y el soplar. Por aquí arriba va la voz, el canto, el enfadarse... Corazón, échate á un lado: tú eres el querer, el llorar, el arrepentirse...

La voz de Rosita sonó en lo bajo de la escalera.

—Felipe, tu amo te llama. ¿Qué haces?

—Aguarda, mujer... no subas. Dí al señorito que espere.

—Felipe.

—Dale.