—Felipe, que no seas majadero, que bajes.
Y él, sin hacer caso de nada, seguía su investigación ardiente, con curiosidad que le abrasaba el cerebro... ¡Si tuviera tiempo de abrir la cabeza para ver la crisma, donde está todo el intríngulis del pensar...!
—¡Felipe!
—¡Que allá voy!
—Tú estás haciendo alguna cosa mala.
Apresuradamente trataba Centeno de arreglar el deshecho cuerpo del animal, poniendo cada cosa en su sitio y tapándolo con la piel. Si allí tuviera hilo y una aguja, de seguro, ¡recontra! lo dejaría en tal estado, que no se conociera la carnicería que había hecho... Tantas veces le llamó su amo, que al fin echó á correr...
—Dame agua para lavarme las manos,—dijo precipitadamente á Rosa.
—¡Ah, pillo!... ¿qué has hecho? Has descuartizado al pobre animalito.
—Agua.
—¡Verdugo!... Vaya una gracia...