—Mujer... para saber lo que tenía... Agua.
—Le has hecho la utosia.
—No se dice utosia, sino utopia... Agua.
—Ven acá. Tu amo está furioso.
—¡Allá voy!
—¿Y de qué se ha muerto?
—Lo que te dije... del parénquima... Todo está allí clarito. El estómago se le había subido á la nuez.
—¡Pobrecito!
—Y tenía las jieles metidas en la cabeza.
—¡Ay!