—Y la sangre cuajada, con cada tubérculo que daba miedo... ¡Allá voy!

¡Vaya un réspice que le echó su amo por la tardanza! Era un holgazán, que no hacía más que jugar, olvidado de sus obligaciones. ¡Oh, si él no se viera amarrado en aquella cama! En cuanto se levantara le iba á despedir, sí, señor; porque ya estaba cansado de sus torpezas, de sus travesuras y de su charlatanería.

Felizmente, estos accesos de ira eran pasajeros. Felipe callaba, dejando correr el nublado. Bien sabía él que pasaría, y que lo normal del genio de Miquis era la condescendencia y bondad apacible. Y si no, ya tenía él recursos habilísimos para desenojarle, arbitrios de grandísima eficacia, aunque su amo estuviera en una de las grandes crisis metálicas que le ponían de tan mal talante. Por la tarde, al volver de un recado, le dijo Centeno:

—¡Cuánta gente por esas calles! ¡Oh! ahora que me acuerdo: he visto al señor de Ayala, aquel poeta de los bigotes largos...

—¿Sí?

—Y me dió memorias para usted.

—¿Qué dices, hombre?

—No... no... Me equivocaba: no me dió memorias, ni me dijo nada. Es que me miró de un modo particular, y á mí me pareció que me daba expresiones para mi amo.

Con estas cosas se reía el enfermo, y se disipaba su mal humor. Tras del enojo con Felipe, venía siempre entrañable amistad. El gozo de verle y tenerle á su lado era en tal manera vivo, que cuando el Doctor estaba ausente, creíase Miquis privado de algo necesario á su existencia. Hacía elogios de su destreza, de su puntualidad, de su adhesión, y los vituperios de por la mañana eran á la tarde alabanzas sin término.

—Bien, bien, Felipe: te portas. Todo lo haces bien. Así me gusta. Si me muriera, te nombraría mi heredero; pero no me moriré... Eres un sabio y debías llamarte Aristóteles.