Y desde esta ocasión no le nombraba de otro modo. Á cada momento se oía: «Aristóteles, dame agua con azúcar... Aristóteles, frótame un poquito aquí, á ver si se me pasa este dolor de la espalda.»
VI
—Aristóteles...
—Señor...
—¿Tienes dinero?
—¿Yo?... Como no me vuelva moneda...
—¿Pero de veras no hay nada? Busca bien. ¿No habrá algún duro trasconejado por ahí en cualquier rincón?
—¡Duros trasconejados!... Este hombre está viendo visiones... Nada, señor: no tiene más remedio que cambiar un billete.
Alejandro se calló y se puso á mirar al techo, con expresión de duda y pesadumbre. También Felipe miraba al cielo raso, creyendo por un momento que había en él nubarrones de billetes de Banco. Después de larga y tristísima pausa, dejó oír Alejandro, con lo más cavernoso de su voz broncófona, estas fúnebres palabras:
—No hay billetes.