Lo que, oído por Aristóteles, púsole en gran confusión, pues el día anterior había recibido su amo, en letra del Giro Mutuo que le cobró un su amigo empleado en el Ministerio, treinta duros cabales. ¿Á dónde habían ido á parar? El filósofo, movido de un prurito indagatorio y correccional que apuntaba en su alma, adiestrada en aquella vida de iniciativa, se aventuró á preguntar á su amo por el paradero de los billetes. Alejandro, con expansiva y noble confianza, estuvo á punto de satisfacer la curiosidad de su secretario peripatético... Pero no tenía ganas de conversación; estaba sombrío, abatidísimo, y sólo pudo murmurar:

—Anoche...

Felipe echó sus miradas al suelo, y parecía que las pisoteaba. «Anoche... ya...» Era una desesperación vivir en tan gran desarreglo y no poder contar con nada, por la liberalidad furibunda de aquel pobre loco. Allí no estaba seguro ni el triste pedazo de pan de cada día, porque á lo mejor arramblaba por él el primer advenedizo. ¿Y qué iban á comer aquel día? No había nada, ni un ochavo en metálico ni en especie. Era preciso traer azúcar, chocolate, leche, carne, medicinas, limón y otras menudencias. ¿Á quién pedir? ¡Si por milagro de Dios Omnipotente, don José Ido tuviese algo...!

Un rato después de aquel «anoche» que dijo Miquis, éste, tomando fuerzas, pudo expresarse así:

—Me quedaba un billete de cinco duros. Esta mañana, cuando fuiste á casa de la tiíta á llevarle la carta que mamá mandó dentro de la mía, sentí un gran alboroto... ¿Qué crees que era? Pues ese señor que vive en el cuarto número 6, ese que tiene prendería y ropa vieja... chico... no sabes qué escándalo le armó al pobre Ido. ¡Qué gritos! Las mujeres de ambos salieron al pasillo, y hubo lloros y desmayos. Todo porque Ido no le puede pagar á ese... creo que le llaman don Francisco Resplandor... unos dineros que le debe. Se pusieron como ropa de pascuas. De repente me veo entrar á don José. Los ojos se le saltaban de las órbitas; tenía el pescuezo un palmo más largo. Créelo, me causó miedo. Se me puso de rodillas y cruzó las manos; yo saqué mi billete...

Felipe no quiso oír más. Comprendía bien, demasiado bien lo que había pasado. Se representaba la luctuosa escena, cual si la hubiera visto. En esto estaban, cuando se oyó en la puerta la voz argentina y dulce:

—¿Dan ustedes su primiso?

—Adelante.

—Dice mi mamá que si le hacen el favor de prestarle un huevo...

—Lo que es hoy, hija, ni siquiera medio.