En la escalera encontró Centeno á Rosa que subía fatigadísima. Sus mejillas pálidas, sus ojos tristes decían: «hoy no ha entrado nada por esta boca de donde salen tantas palabras;» pero su apetito de charla podía más que la necesidad, y si Felipe no llevara prisa, allí me le tendría media hora, dándole matraca.

—Vengo de casa de unas amigas de mamá... Han ido de campo... ¿Y tú á dónde vas?... Papá está como los locos, dando vueltas. ¡Ay, cómo se quedará cuando me vea entrar con las manos vacías!... ¡Pobrecito! dice que si cae el Ministerio le colocarán... Lo que es yo no subo. Aquí me estoy, á ver si pasa un alma caritativa... ¡Ah!... se me olvidaba. Anoche, cuando tú saliste, estuvo la chubasca... ¡Qué guapetona venía! ¿Tú no la has visto llorar? Yo sí... Don Alejandro la consoló con un papel verde. Después ella y la señá Cirila regañaron por el papel verde. Se dijeron cosas puercas y de más eres tú. Mamá salió á la puerta, y se persignaba oyéndolas. Dice que las dos son un buen par de chubascas... Si no las aparta la mujer de Resplandor, se arrancan los pelos... ¡Ay, qué comedia! ¡Lo que te perdiste!...

En la calle, corrió Felipe largo trecho sin dirección determinada. No sabía á dónde iba, ni á qué parte del Universo encaminar su actividad buscadora y pedigüeña. En los señoritos de la casa de doña Virginia no había que pensar, porque dos días antes, cansados ya de tanta socaliña, le habían dicho que no volviera á parecer por allí... ¿Don Pedro Polo? Esta era la única esperanza. Felipe, recordando la buena suerte de aquel famoso día, confiaba en la repetición de ella. ¡Qué error! Recibióle el capellán con malísimos modos. Notó Centeno en él mudanza y desfiguración muy grandes. Parecía enfermo, desalentado y con cierto extravío en sus ideas. Su color era ya de puro bronce oxidado, verde, como el de un busto romano que ha estado siglos debajo de tierra. Lo blanco de sus ojos amarilleaba. Temblábale la voz, pulverizando saliva al hablar. La ola de su cólera, estrellándose en los morados labios, salpicaba al oyente. Al desorden de la persona del extremeño, añadió la observación de Felipe un singular desbarajuste en toda la casa. Doña Claudia estaba en la cama; su hija en la iglesia aunque no era hora ni de dormir ni de rezar. En todos los aposentos, el abandono y el desaseo indicaban que allí había causas hondas de malestar y perturbación. Entró de súbito Marcelina, y don Pedro y ella empezaron á disputar. ¡Jesús, qué cosas le dijo el bendito capellán! ¿Se había vuelto carretero? Marcelina, iracunda y biliosa, no demostraba gran humildad. Después... ¡oh! después, don Pedro dijo al insigne Aristóteles que se pusiera inmediatamente en la calle, si no quería ir rodando por la escalera ó volar por un balcón.

Salió más ligero que el viento. ¿Á dónde iría, Santo Dios, con su dolorosísima cuita? ¿Recurriría á don Florencio Morales?... Imposible. Morales le había echado los tiempos la semana anterior. ¿Y Ruiz? ¡nombre sin sentido en las páginas de la generosidad!... Además, estaba muy soplado con el éxito de su comedia y no hacía caso de nadie.

Divagó Centeno por las calles, pensando y repensando en lo que hacer debía. ¡Pedir! ¿á quién? Todas las puertas, todas, estaban cerradas, y la Providencia se había tapado los oídos. Dios, ceñudo, volvía la espalda infinita mirando á otra parte de las tribulaciones humanas.

En un momento de desesperación, hostigado Aristóteles por el malestar de su amo, por sus propias necesidades y por el devorador apetito que sentía, pues no era cuerpo de santo el suyo, ni mucho menos, fué asaltado de una idea terrible... Iba sin sosiego de una acera á otra de la calle, mirando con ojos de codicia y recelo á una tienda que en su puerta misma ostentaba panecillos, y debajo una cesta de huevos. Él se atrevía, sí... atreveríase á pasar corriendo y coger, como al vuelo, un panecillo y llevárselo sin que le vieran... se atrevía también á volver y arrebatar dos huevos con ejemplar ligereza. La mujer de la tienda estaba dentro entretenida en conversación con diversas personas, y los que pasaban por la calle iban distraídos, ó pensando en sus propias cuitas. Sólo un zapatero, situado en el portal de enfrente, podía ser testigo... Pero el zapatero no vería nada... ¡Ánimo!

Pasó Felipe con rápida carrera, en la cual la velocidad constituía el disimulo; pero sus dedos, que casi tocaron el pan, no se atrevieron á cogerlo. «No sirvo, no sirvo para esto,» pensaba, y sudor muy frío corría por su frente. Después pensó de esta manera:

«No cogeré el pan, que es para mí... Pero los huevos, que son para dar de comer á mi amo, sí los cogeré.»

Pasó decidido; pero tampoco en aquella segunda prueba pudo hacerlo... Nada: cuando iba á tocar el codiciado objeto, lo dejaba en su sitio.

Desesperado de sí propio y con la mente trastornada, echó á correr por aquellas calles sin saber á dónde iba. Su amo no se le apartaba del pensamiento. Se lo imaginaba dando las boqueadas, no por la fuerza de la enfermedad, sino por falta de alimento... Deteníase Felipe, resuelto á volver á la tienda de huevos y panecillos; pero á los pocos pasos se alejaba otra vez, corriendo en dirección contraria.