De este modo llegó á la calle de Alcalá, que por ser tarde de Toros estaba animadísima. Era la hora del regreso: el cielo se obscurecía; la multitud se apiñaba; rodaban miles de coches de diferentes formas, y se veían ya algunos faroles encendidos. ¡Bullicio de fiesta y alegría, vértigo de infinitas ruedas laminando el lodo, y de infinitos pies pulverizando el granito de las baldosas! Cortaba Felipe la masa de gente, andando en dirección contraria. Sus codos funcionaban como las aletas de un pez... Allí fué donde se le ocurrió esta otra idea que podía salvarle: si todas las personas que por la calle subían le dieran la centésima parte de un ochavo, tendría lo que necesitaba. Infundióle este descubrimiento grandísima alegría, y siguió bajando hasta llegar á la Cibeles.
La noche avanzaba, seria y cariñosa, y cada vez se veían más faroles con luz. El farolero corría de candelabro en candelabro, y metiendo su palo largo en cada farol, iba estrellando el suelo de Madrid. En Recoletos, las luces reverdeaban entre los árboles, y de los macizos emanaba tibieza húmeda y fragancia de minutisas. Por la acera venía mucha gente elegante, pollas y galanes, señores con gabán, damas de sombrero. «Esta es la mía,» pensó Felipe, y echó una mirada á su propio traje para cerciorarse de que era adecuado al papel que iba á desempeñar. ¡Á maravilla! Otro más derrotado no había por aquellos contornos. Empezó Felipe su postulación con plañideras exclamaciones. ¡María Santísima, qué cosas decía! Tenía á su madre baldada en cama, y á su padre le había cogido un carro y le había partido por la mitad. Ochavos y cuartos caían en sus manos, y él, animado por el éxito, más plañía cada vez, y más pegajoso y molesto á las personas seguía, sin darles respiro, y machacando, machacando, hasta que soltaban la limosna. Era implacable.
Recoletos y la calle de Alcalá se despejaban. Era ya de noche, y pasaban menos coches y menos señores.
Frente á la Inspección de Milicias vió Felipe un espectro que iba como llevado por el viento, de árbol en árbol. La cabeza caíale sobre el pecho, cual si estuviera colgada de un gancho, que tal parecía el cuello, y llevaba las manos sepultadas en los bolsillos. Cuando Felipe dijo: «Don José, señor don José», detúvose, y empleó un mediano rato en enderezar la cabeza. Daba miedo verle; pero Felipe, no lo podía remediar, se echó á reir.
—¡Qué vergüenza, qué bochorno!—murmuró Ido, cual si confiara un secreto.—Felipe, nunca habría creído llegar á lo que he llegado esta tarde. No verás lágrimas en mi cara, aunque he derramado muchas, porque el ardor de la vergüenza las ha secado... ¡Ay! hijo, ¿qué dirás si te lo cuento?... Pero no dirás sino que soy un mártir, y que iré derechito al Cielo cuando me muera... Salí de casa desesperado, loco; no sabía á dónde volver los ojos. Todas las puertas cerradas... Me vine por estos paseos. ¡Oh! si no tuviera familia, el estanque chinesco del Retiro me hubiera visto esta tarde en sus profundidades... Pero francamente, naturalmente, tengo hijos, ¡ay!... Y que me digan á mí que esto es un país, que esto es un pueblo civilizado. Felipe, ¿sabes lo que he visto?... Si te lo digo, te horrorizarás, y te temblarán las carnes.
—¿Qué?
—Pues he visto en esa Castellana pasar por delante de mí, en sus soberbios coches, á muchos personajes, á dos ó tres ministros, á más de cincuenta diputados...
Don José no pudo seguir. Espiró en su reseca garganta la voz, convertida en un sollozo inmenso, trágico. Aristóteles, sobrecogido de pavor, no sabía qué pensar.
—¿Y qué?
—¡Que á todos esos les enseñé yo á escribir!—exclamó Ido prorrumpiendo en lágrimas que se apresuró á recoger en su pañuelo.