Felipe callaba. El otro seguía sollozando.
—Sí, hijo. Yo enseñé á escribir... Yo estuve seis años en el colegio de Masarnau, y allí, todos esos fueron mis discípulos, y otros muchos á quienes no he visto esta tarde... ¡Por mí saben coger la pluma en la mano, y de aquellos palotes míos salieron estas firmas, y este poder, y estos coches, y toda la grandeza de la Nación! ¡Oh, Dios, Dios, Dios!... Pero Dios lo quiere así, suframos y aguantemos; que en la otra vida, hijo, tendré mi premio. Esa es mi confianza, ese mi consuelo. Yo lo digo á Nicanora, y Nicanora, que es una pólvora, se impacienta y me dice: «si tan largo me lo fías...» Pues bien: volviendo á mi vergüenza, te diré en confianza que esta tarde... ¡Qué barbaridad, chico! No lo creerás, pero es cierto: la necesidad me ha obligado á ello. ¡He pedido limosna!
—¡Jesús!
—Aún estoy espantado de mí mismo... ¿Pero qué había de hacer? Yo dije: «¡que el Señor me lo tome en cuenta!...» Habías de oirme. En estos casos, hijo, es preciso exagerar algo. Yo decía que tengo diez hijos... Y mucho de la Virgen del Carmen le acompañe, etc.. ¡Que no me vea en otra, Señor! Y no he dejado de tener suerte, Felipe... Sólo me faltan cuatro cuartos para los seis reales.
—Tómelos,—dijo Felipe, espléndido, haciendo sonar su bolsillo lleno de calderilla.
—Gracias... ¿Estás rico?
—Tal cual... He cobrado un pico que me debían.
—Tú tienes suerte. En mi vida he podido cobrar nada de lo que me deben.
—Porque no tiene usted carácter, don José. Vámonos á casa, que por esta noche...
—Sí, por esta noche nos hemos remediado. No te des por entendido con Nicanora, que es muy apersonada, y siempre se acuerda de que su abuelo fué caballerizo de la Reina. Le diré también que he cobrado un piquillo...