VII

Cuando volvieron á la casa, ambos estaban satisfechos de sí mismos. Cada cual en su vivienda atendió á sus urgentes necesidades. Á Miquis le habían acompañado por la tarde Rosita y su muñeca. Cirila entraba de vez en cuando para preguntar al enfermo si se le ofrecía algo; y como los sentimientos caritativos no están excluidos en absoluto de ninguna persona humana, la que respondía al nombre de Cirila tuvo, en aquel día de escasez, decaimientos de su rigor característico; quiero decir, que se desmintió á sí propia, descolgándose, como suele decirse en modo vulgar, con una taza de caldo y otras frioleras, traídas de la bien provista cocina de Resplandor. Véase por dónde no hay maldad completa, ni seres homogéneos y redondeados como piezas que acaban de salir de manos del tornero. Aquel Miquis, optimista furibundo que á todos aplicaba la medida de sus propios sentimientos, tuvo arranques de gratitud tales, que de ellos á la apoteosis no había más que un paso. «¡Qué buena es esta mujer!—decía.—Ese maldito Aristóteles, que de todo piensa mal, no comprende su mérito.»

Por la noche le dió una fuerte congoja. Iniciado aquel síntoma algunos días antes, no se había presentado aún de manera tan grave. Era realmente como un simulacro de agonía... El aliento le faltaba. ¿No había aire en el cuarto? Las doloridas cavidades de su pecho se contraían con ansioso esfuerzo, anhelando funcionar, sin conseguirlo. La atmósfera se detenía en su boca, y dentro del tronco, fugaces sensaciones de cuerpos extraños atravesados le producían malestar dolorosísimo. No podía hablar: sólo podía quejarse; y cuando su breve aliento le concedía el goce de un par de palabras, era para extraer alguna idea del inagotable depósito de su bendito optimismo, que en él hacía las veces de vida, las veces también de la salud ausente.

—La suerte es...—murmuraba como quien espira,—la suerte es que esto no vale nada, según dice Moreno. Es la resolución de un fuerte catarro... También consiste mi ahogo en que no hay aire en la habitación. Aristo... dame aire, hijo, aire.

Á tan penosos trances seguía un estado comático, en el cual, si sus sentidos estaban desacordes, descansaban sus pulmones, funcionando con relativa facilidad. Faltábale en absoluto la palabra; disfrutaba de la vista y oído; sus percepciones eran vivaces, aunque falsas; sus ideas, las ideas de todos los momentos de su vida, pero engrandecidas por un sentido hiperbólico, deformadas por la amplificación romántica; sus imágenes las reales, pero coloridas de vigorosas tintas, todo metafórico y trasladado á los patrones del ensueño, conservando, no obstante, sus originales elementos de verdad. Sus entreabiertos párpados daban paso á un mirar vago, soñoliento; veía claramente la habitación, grande, riquísima, llena de luz y alegría, con gallardas columnas de pórfido, techo á lo pompeyano, pavimento de lustrosos mármoles de colores. Por la gran ventana del fondo, que daba á una desahogada logia, se veían techumbres, cúpulas, miradores y campanarios; en el fondo, el Vesubio con su cima humeante y sus laderas de negra lava. Pebetero del cielo exhalaba aromas de poesía, perfumando el espacio y la mar, desde las costas Mauritanas hasta las de Provenza. El Tirreno y el Adriático se llenaban también de aquella emanación hermosa, y á lo lejos humareda semejante á una nube anunciaba el Mongibelo. ¡Qué cielo azul, y qué mar, más propio de tritones que de barcos! Blancas velas brillaban en su inmensidad cerúlea, renovando en su elegante ligereza los ramilletes con alas, los pájaros nadantes y los peces emplumados de la fantasía calderoniana. Eran las galeras del Buque que volvían cargadas de despojos de venecianos y de orientales riquezas...

La lujosa estancia estuvo desierta hasta que entró una mujer. ¡Qué guapa!... Morena, de gentil presencia, ojos garzos. Sus miradas eran lenguaje obscuro para el que no entendiese de amor apasionado y febricitante; no tenían sentido sino para quien supiera mirar del mismo modo, y tener algo de inmortalidad que llevar del alma á los ojos; eran miradas en que centelleaba ese fulgor divino, que dejaría de serlo si pudieran verlo los topos... Iba vestida la tal señora, no al uso napolitano ni al oriental, ni con la abigarrada pompa croata ó albanesa, sino á la moda de Madrid de 1864, y con afectada elegancia... ¡Qué bien la vió Alejandro, y qué claramente comprendía su situación!... Era la Escena Undécima del acto cuarto. El Virrey acababa de ser preso por los emisarios secretos del Duque de Uceda. Aquel excelso ambicioso que había tenido el sueño sublime de alzarse con el reino de Nápoles, de domar á Venecia, de conquistar y unificar todas las tierras de la hermosa Italia, anticipándose en dos siglos y medio á los planes de Cavour, había sido vendido por los mismos que le ayudaron. Bedmar, su cómplice en Venecia, retrocedía espantado; don Pedro de Toledo, Gobernador de Milán, le denunciaba á la corte de España; ésta enviaba al Cardenal Borja para hacerse cargo del mando, y exoneraba al Grande Osuna, cargándole de cadenas para llevarle á España como reo de lesa Majestad. Sólo era fiel el bromista Quevedo. Piel era también la Carniola.

En la Escena Undécima, Catalina entra en requerimiento del Duque; ha oído ruido de voces y armas, viene aterrada y pavorida, presagiando desdichas... Dice con admirable calor los versos:

¿Dónde iré de esta suerte,

tropezando en la sombra de mi muerte?

Va de un lado á otro de la escena, combatida de contrarios pensamientos. Quiere matarse, quiere seguir al Duque... También ella sueña locamente despierta, y por momentos se ha creído próxima á ser Reina y señora de la Italia toda. Guarda interesantes papeles del Virrey, en los cuales está toda la máquina de la conjuración. Rara vez hay trama teatral sin un paquete de documentos en que está la clave del enredo, y de estos papelitos, si son ó no descubiertos, depende que los personajes se salven ó se pierdan. El nudo de toda combinación dramática está en salvar á alguien. Este sistema ya interesa poco y ha pasado á las óperas.