Alejandro ve á la Tal indecisa, expresando su perplejidad en resonantes versos. Lo particular es que ella le mira á él; le mira, sí, con lástima profunda, y sus ojos parece que arrojan toda la compasión necesaria al consuelo del género humano, por siglos de siglos. Se acerca á su lecho, le mira más de cerca. Él no puede moverse, ni decir nada. ¡Oh! si pudiera, le diría dos ó tres endecasílabos de poética elocuencia. Por el fondo de la habitación, ve Alejandro discurrir inquieto á su secretario el gran Quevedo, que también se llama Aristóteles, Centeno, Flip. El secretario no chista, y prepara en silencio una cocinilla de latón... En tanto la Carniola, después de mirar al poeta con dulcísima piedad, tira del cajón de la mesa que está junto á la cama, y examina con atento estudio lo que hay dentro. No hay nada: recetas, algún botecillo, dos ó tres piezas de cobre. Ciérralo, y vuelve á mirar á su Duque. Éste la ve alejarse. Es el ideal, que le ha visitado en mortal carne un momento, y después se desvanece, dejándole consolado. Desde la puerta le mira otra vez con la misma lástima, con el mismo sentimiento de amor inefable... ¡Adiós!
Quevedo sale con ella al pasillo, y secretean las siguientes palabras:
—Dice el médico que en una de éstas se quedará. Si le dan tres ó cuatro congojas más, no las resiste.
Por las mejillas del gracioso Quevedo corrían lágrimas, y la Carniola, la hermosura ideal, dió un gran suspiro. Cirila hubo de llegar en el mismo instante, y ambas entraron en la cocina, donde la ideal buscó y halló al fin una silla rota en qué sentarse. Estaba cansada: ¡qué escalera!
—¡Pobrecito!—murmuró.—¡Parte el corazón verle!
—Si tira una semana, será mucho tirar.
—Lástima de chico... ¡es tan bueno!... es un alma de Dios...
—Hija, qué le vamos á hacer... La voluntad de Dios....
—Tanto pillo con salud, y este pobrecito ángel...
—¡Qué guapa estás!...—exclamó de improviso Cirila, ávida de hablar de otra cosa.—¿Vas á los Campos?