La Tal hizo un mohín de disgusto...

Luego empezaron á disputar sobre cuál de las dos debía, dar á la otra ciertas cantidades. Felipe oyó desde el pasillo estas cláusulas: «Tú me prometiste para hoy... Esto no se puede aguantar... Tú á mí... ¿Pero ese hombre?... ¿Has visto al Duque?... Está tronado... Todo me lo juega... Es un perdido... Estoy abochornada.»

En tanto el enfermo, pasado un rato de turbación, se daba cuenta de la salida de su gallarda heroína. Ya sabía él dónde estaba. Había ido á recoger los famosos papeles de la conjuración... pero ¡qué terrible lance! se los había sustraído bonitamente el traidor veneciano, Barbarigo... El Duque estaba perdido, más que perdido. Puesto ya en este trabajo de rumiar su obra, repitió Miquis clara y distintamente todo el trágico final de ella.

La Carniola halla medio de introducirse en el calabozo, donde aquellos enemigos, los secuaces del Cardenal, han encerrado al Grande Osuna. Éste, por una serie de coincidencias que en el curso de la obra están muy bien justificadas, cree que la Carniola le ha vendido, entregando al Duque de Uceda su secreto de soberanía italiana, y cuando la ve entrar en la prisión, la increpa y le dice mil herejías. Ella se defiende. Todo lo que dice contribuye á condenarla más en el ánimo de Téllez Girón, que acusa con la misma rabia á Jacques Pierres, primitivo amante de Catalina. Furiosa como leona, la guapa hembra pone por testigos de su inocencia á Dios y á San Jenaro, patrono de Nápoles... Preséntase Jacques Pierres, que está preso en otro calabozo, dispuesto ya para la horca. Este caballerete se la tiene jurada á la Carniola, por la trastada que le hizo abandonándole por el Duque, y ve en aquel momento la más bonita coyuntura de su venganza. Á él le ahorcan. ¿Qué le importa un pecado más? Dice mil mentiras al Virrey, y le presenta una carta que en cierta ocasión (allá en el primer acto) escribió la buena moza á Barbarigo. La carta es un testimonio de culpabilidad aparente... Pasa aquí algo semejante al pañuelo de Otelo y á la carta de Desdémona á Casio. El Duque se ciega, saca su daga y la mata... Ella muere gozosa, bendiciéndole, declarando que le adora, y que en la otra vida reconocerá él su error y se unirán en indisoluble lazo, con otras cosas dulces, tiernas y poéticas, que hacían estremecer de estético goce las entrañas del poeta. El tal Jacques dice lo que viene tan á pelo en casos semejantes, y es: «¡estoy vengado!...» Cuando aparecen los que han de llevarle al patíbulo, el Duque les dice que lo maten pronto; después se inclina sobre el cadáver de la Tal para darle besos y decir que la mató para que no pueda ser de otro, y añade que le harían también un favor en quitarle á él de encima el peso de la vida, y el agonioso fardo de su itálico sueño.

Cuando Miquis volvió en sí de aquel estado, dijo con toda su alma:

—¡Qué terceto de ópera! Me parece que lo estoy oyendo, con música de Verdi... ¡Y se hará; tarde ó temprano se hará!... Habrá Il Magno Ossuna, como hay Il Trovattore y Simone Boccanegra.

VIII

El sotabanco en que Miquis vivía (si era aquello vivir), merecía de tal modo en verano los honores de estufa, que allí se podrían criar plantas tropicales. Admirable sitio para observaciones meteorológicas y para estudiar lo irregular de nuestro delicioso clima, pues las temperaturas oscilaban á principios de Junio entre los 30 grados y una mínima de 8. Más tarde se observarían allí las de 40, y algo más, que nos trae Julio para que tengamos una idea de Zanzíbar y otros amenos lugares del África. Cuando el sol tomaba por su cuenta la delgada pared de la sala, dorándola por fuera con sus rayos, caldeándola por dentro, resecando el yeso, derritiendo la resina del pino, la respiración se hacía difícil, aun para aquéllos que tuvieran sanos sus pulmones. Poníase la tal salita como un horno. Su ventana, que era puerta del Cielo, á ciertas horas parecía serlo del Infierno. No sólo sofocaba el calor, sino el espectáculo de aquel panorama supra-urbano estival, porque verlo era añadir la opresión del espíritu á los sofocos del cuerpo.

Según cuenta el bueno de Aristóteles, cuando se asomaba á la ventana, quemábale el rostro el inflamado aire. El polvo de un cercano derribo traía sobre la asfixia la ceguera, y ofendía los ojos aquella bóveda azul sin el regalo de nubes, la cual con la vivísima luz resultaba de un celeste clarucho y caliginoso. También parecía calor el silencio mismo de aquellas techumbres, apenas turbado por los lejanos ruidos que de los patios subían. La renovación de las capas atmosféricas sobre las caldeadas tejas, las unas viejas y negruzcas, las otras pardas y terrosas, producía ese temblor del aire que tanto molesta. Pocas chimeneas, de las infinitas que se veían, echaban humo. Rarísimos pájaros pasaban, cual merodeadores vagabundos, en dirección del Retiro. Gatos no parecían por ninguna parte, y sólo en tal cual rincón de sombra se distinguía uno que otro, pensativo y amodorrado. Los ventanuchos por donde respiran las altas viviendas de los pobres, estaban cerrados. Esteras que hacían de cortinas y lonas sucias, defendían de los rayos del sol los humildes hogares. Alguna planta medio marchita se defendía en su tiesto, atado á los hierros de un buhardillón, y abajo, en el jardín hondo, los cuatro árboles que lo componían, como que se agachaban para estar más hondos todavía. La fuente dormía la siesta, y apenas exteriorizaba un ligero chorrillo, más bien roncando que corriendo. Desde su observatorio, veía Felipe movibles ráfagas rojas en el verdoso pilón de la fuente. Eran los pececillos, ciertamente dignos de envidia, porque no necesitaban ir á baños.

—Quítate de esa ventana, Aristóteles—le decía su amo.—Me sofoco de verte.