—Es que estoy viendo el calor y mirando cómo tiembla el aire. ¡Vaya un día!... Señor, es preciso que busquemos otra casa.
—¿Ya para qué? En cuanto me ponga bien, que será dentro de unos días, nos iremos á la Mancha. Es preciso, Flip, ver cómo se desempeña toda la ropa de verano. Encárgate tú de esto. Allá para el 10 ó el 15 de este mes (Junio) tomo el tren para Quero, á donde irá mi padre á esperarnos con el coche. Nada, nada: te llevo... Quisiera antes despabilar las primeras escenas de ese nuevo drama. El Condenado por confiado. ¡Vaya una obra! Es mejor, mucho mejor que El Grande Osuna. No te digo más.
Inquieto, exaltado, abandonaba la actitud indolente que tenía en el sillón (pues ya no pasaba el día en el lecho por la gran molestia del calor y el decúbito), y gesticulaba, hostigado de ardiente comezón declamatoria. Felipe se afligía de verle así, porque los períodos de excitación, de optimismo y de proyectos, eran seguidos generalmente del desmayo y de los violentísimos ataques de tos que le ponían á morir. Su demacración era ya espantosa; su cuello un haz de cuerdas revestidas de verdosa cera; los huesos salían con deforme y repulsivo aspecto; sus mejillas, cubiertas de granulaciones, se teñían á veces del vinoso color de las rosas marchitas. ¡Pero qué luz echaba de sus ojos en momentos de fiebre y locuacidad! Aquel destello era la cifra de sus proyectos locos, y de su parentesco con doña Isabel de Godoy. Miquis echaba de sus pupilas el mismo fulgor de plata y verde que tan extraños efectos hacía en el mirar de aquella insigne señora, dada á la cartomancia.
De buena gana le mandaría Felipe que se callara, porque sabía el daño que le causaba tanta charla; ¿pero por qué privarle de aquel gusto, si el silencio no le había de dar la vida? Centeno le oía con gusto, y aun le daba cuerda para que desahogase su alma, llena de tantísima idea y atestada de riquezas morales.
—Porque en ese drama—decía el enfermo acentuando con brioso gesto la palabra,—voy á presentar una idea nueva, una idea que no se ha llevado nunca al teatro: la idea religiosa... Mira, Aristóteles, si supiera que no había de poder escribir esa obra, créelo, del disgusto me moriría...
—Este verano—dijo Centeno,—cuando vayamos á la Mancha, yo me dedicaré á la caza y usted á escribir su obra. Me parece que ya estoy... ¡pim!... matando conejos, y usted, ¡pim!... echando escenas y más escenas...
—Poco á poco... yo también necesito de saludable ejercicio... Podemos cazar todo lo que queramos durante el día, y andar por el campo. Siempre me queda libre la noche. Yo lo mismo trabajo de noche que de día: me es igual. De aquí llevaré compuestas algunas escenas, las de la exposición... Mañana, lo primero que has de hacer es traerme papel, que no tengo, y tinta, pues la que hay aquí es como agua. No te olvides.
—No me olvidaré... La semana que entra puede ponerse á trabajar. Ganitas tengo ya de ver ese drama... ¡Pero quiá! No será mejor que el Osuna. ¡Otro como ese!...
Siguió el manchego perorando hasta muy tarde. Acometióle por fin la tos y luego la congoja con tanta fuerza, que hubieron de administrarle calmantes muy enérgicos para hacerle descansar. Pero con tanto padecer no se abatía su ánimo; antes bien, salía de aquella crisis más vanaglorioso y atrevido. Generalmente hablaba más, echando á volar por las alturas su imaginación, cuando estaba solo con Felipe.
—Aristóteles.