—¿Qué?

—Dí algo, hombre. ¿Qué haces?

—Buscando estas condenadas papeletas de empeños, que no sé qué vuelta han llevado. Verdad que como no tenemos dinero para sacar tanta cosa...

—¡Dinero...! ya vendrá, hombre. No hay que apurarse. Mamá me mandará otra letra. La espero todos los días... El dinero viene siempre; á veces tarde: es un viajante que no se queda nunca á mitad del camino. Cuando no se le espera, es mucho más grata su aparición. Ahora estamos pobres; pero tenemos lo preciso... Afanarse por dinero es tontería, y guardarlo, tontería mayor. Yo creo que el dinero se ha hecho para esperarlo. La posesión, cópula breve del esperarlo y el ofrecerlo, es un momento de placer fugaz, que vale mucho menos que las delicias prolongadas de la esperanza y la generosidad... ¡Dinero!... Cuando lo tengo, me considero administrador de los que lo necesitan. El placer de los placeres es dar, y varío pedestremente los versos de Quevedo, diciendo:

Sólo á un dar yo me acomodo,

Que es el dar de darlo todo.

Felipe.—Pues en eso de dar, creo que hay sus más y sus menos, porque es cosa mala no tener qué comer, mientras otros se hartan con nuestro dinero.

Alejandro.—(Con iluminismo.) Yo miro al tiempo y á la inmortalidad, como dijo el otro. Esos comineros que están siempre haciendo cuentas y contando los pasos que dan, no gozan de la vida. Son inquilinos del mundo y no dueños de él. Un solo bien positivo hay en la tierra: el amor... ¿En dónde está? Hay que buscarlo. Decir buscarlo es lo mismo que proclamar su existencia. Es parte principal del destino humano, si no es el destino todo entero... Te encuentras en mitad de la vida. Por un lado, te ves rodeado de conveniencias y trabas sociales; por otro, te ves solicitado del amor. ¿Qué haces? Yo lo dejo todo y me voy tras el ideal. Es verdad que no lo encuentro nunca completo y tal como lo he soñado; pero voy en pos de él sin cansarme nunca, para entretener, con el dulce afán de poseerlo, la tristeza que resulta de no gozarlo jamás por entero y con dominio de su total belleza. ¿Oíste lo que hablábamos anoche Arias y yo?

Aristóteles.—(Con malicia.) Sí, señor. El señorito Arias le decía que usted se ha hecho mucho daño con eso de querer tan fuerte á las señoras... Todos dicen lo mismo. Á usted le da muy fuerte, y no repara...

Alejandro.—Tonterías, hijo, tonterías. Si he de confesarte la verdad, tiene el alma necesidades tan imperiosas como las tiene el cuerpo. Negarle la satisfacción de ellas, es algo semejante al suicidio; es como el no comer. Y que no me venga Arias con músicas, tratando de persuadirme de que no debo querer á persona indigna de mí por éstos ó los otros defectos. (Con creciente exaltación.) No: los defectos no existen en la Naturaleza; son hechura convencional de las costumbres, y errores de estos instrumentos de óptica que llamamos ojos. El que ve las cosas como aparecen, tiene más de cristal azogado que de hombre, y es el propagandista natural de todo lo ruín, pedestre y brutal que hay en las sombras de la vida... Yo me enamoro de lo que yo veo, no de lo que ven los demás; yo purifico con mi entendimiento lo que aparece tachado de impureza. Cada cual arroja las proyecciones de su espíritu sobre el mundo exterior. (Disparatando.) Hay quien empequeñece lo que mira, yo lo agrando; hay quien ensucia lo que toca, yo lo limpio. Otros buscan siempre la imperfección, yo lo perfecto y lo acabado; para otros todo es malo, para mí todo es bueno, y mis esfuerzos tienden á pulir, engalanar y purificar lo que se aleja un tanto del excelso y bien concertado organismo de las ideas. Yo voy siempre tras de lo absoluto. Los seres, las acciones, las formas todas, las cojo y á la fuerza las llevo hacia aquella meta gloriosa donde está la idea, y las acomodo al canon de la idea misma... Acostúmbrate á hacer esto, y serás feliz. Si no, serás siempre un vulgarote, un practicón, un espejo con sentidos, un hombre pasivo, y te llevará de aquí para allí el impulso de las ideas y de las pasiones de los demás... ¡Oh, Dios!... ¡qué tos!... ¡me ahogo!