Es circular aquel vestíbulo, y con cierto aderezo arquitectónico á la griega. En el centro, cual decorativa estatua representando la vigilancia á la entrada del palacio del estudio, estaba don Florencio Mora...les y Temprado. No pudo contener una observación bondadosa, que salió de sus respetables labios en esta forma:
—Tan chiquillo es el uno como el otro.
—Señor Morales, me tomo la libertad de...
—Es usted muy dueño, señor de Miquis,—dijo el bendito Morales, ocultando discretamente un bostezo de hambre tras la palma de la mano.
—De recomendarle á usted al señor de Centeno, que no ha comido hoy nada caliente. Puesto que tiene usted convidados...
—Es verdad... y si usted gusta de honrarnos, señor de Miquis...
—Gracias... Yo voy arriba. Ruiz nos va á leer una comedia. Con que...
—Queda de mi cuenta...—dijo Morales disimulando otro bostezo.—Y la hora de comer se alarga... Entre paréntesis, amigo: como hoy tenemos algo extraordinario... ¡Qué tareas en esa cocina!...
De las cuatro puertas pequeñas que hay en el vestíbulo, una de las de la izquierda, entrando por el Mediodía, conducía á las habitaciones particulares de don Florencio. Por allí entraron éste y Felipe, mientras Alejandro Miquis subía solo por la escalera de la izquierda en busca de sus amigos que en lo más alto del edificio estaban.
—Ea, siéntate aquí—dijo á Felipe, señalándole un banquillo, el buen sujeto, á quien el héroe conceptuaba dueño y manipulador de cuanto existía en aquellos edificios para andar en tratos con la luna y las estrellas.—Suelta la capa, que se la vas á poner perdida á don Alejandro. Aquí no hace frío. ¿Qué tenías?