—¡Aúpa, hombre valiente! ¡Ya estás en pie! ¡Gracias á Dios! Ni que fueras de algodón... Pues tú puedes andar. ¡Ah, chiquilicuatro! lo que tú tienes es mucha marrullería.

—¿Yo?...

—Hipócrita.

Felipe no entendía; mas creyendo era cosa de gracia, siguió riendo. Miquis le daba empujones y pellizcos, le tiraba de un brazo...

—Que me hace cosquillas, señor.

—¡Pillo, granuja!

—¡Ay, ay!

—Si usted sigue con sus bromas, señor don Felipe, le doy á usted una puntera, que del salto va usted á su pueblo, allí donde están sus minas.

Llegaron así á la puerta del Observatorio nuevo.

—Entra, hombre... No gastes cumplidos.