—Ven conmigo. Á ver si echas una carrera de aquí á aquella casa grande.
—Sí que podré,—repitió el héroe, midiendo con ansiosas miradas la distancia.
—Allí hay convitazo... ¿Viste aquel buen señor que pasó por aquí? Es el conserje. Celebra los días de su esposa. Le voy á decir que te convide. Verás. Anda, valiente... No, no te quites la capa. Embózate en ella... Vamos, hombre, con gracia, con aire.
El otro se reía, probando á embozarse y sin poderlo conseguir.
—Así, bien, así... á la macarena. Eres un zascandil... Me gusta ese garbo. Adelante, paso firme. Bien.
La risa que le entró al héroe impedíale andar, pues tan extremada era su debilidad.
—¡Cómo se ríe!... Vaya, que es usted tonto de veras, señor de Centeno.
Él, que se oyó llamar señor, tuvo una tan fuerte acometida de hilaridad, que se cayó al suelo, temblando de brazos y piernas como un epiléptico.
—¡Ay mi capa, ay mi capita de mi alma!
—No, señor, no... no se la destropeo,—dijo ahogadísimo Felipe, poniéndose primero de rodillas, luego á cuatro pies, y por último...