—Yo no necesito criado.
—Sí, señor: tómeme, tómeme.
—Por de pronto, vete desprendiendo de la capa, que ya noto su falta, y todos somos de carne y hueso.
Como el caracol se asoma tímidamente al boquete de su choza calcárea, y luego poco á poco, halagado del sol, va saliendo y alargándose, así Felipe iba sacando, por sucesivos avances, primero una mano, luego el cuello, los brazos, y al fin medio cuerpo. Probó á levantarse; pero el mareo y lo mucho que había hablado, le tenían muy débil.
—¿Qué has comido hoy?
—Bellotas...
—¿Y ayer?
—Bellotas... pan...
—No sigas, hombre. Me da dolor de estómago oirte. ¿Comerías tú alguna cosita caliente?
Echando el alma por los ojos, contestó Felipe mejor que lo habría hecho con palabras.