—¿Cómo?

Calenturón. Allí al lado, en un cobertizo, vivimos muchos pobres. Nos da de comer la mujer del guarda del almacén.

—¿De qué almacén?

—Del almacén de Calenturón.

—¿Qué es eso?

—Venden cal-en-terrón.

—¿Sabes leer?

—Cuando estuve en casa de la tía Soplada... Me tomó de criado para que le hiciera recados. Tiene puesto de ropas desusadas en el Rastro. No me daba salario, sino la comida, y me puso en la escuela de la calle del Peñón. Estuve un mes y días. Desaprendí las letras, pegué al Catón, y cuando iba á entrarle al Juanito, me salí de casa de la Soplada, porque tiene un hijo muy malo, que me zurraba. No he vuelto á la escuela; pero me leo todos los letreros de las tiendas, y cuando cojo en la calle un pedazo de Correspondencia, me lo paso todo.

—Bien, hombre, bien. Casi, casi eres un sabio.

—¿Quiere tomarme por criado?—dijo el rapaz prontamente.