—¿En el Museo?... ¿dentro?
—No, señor. ¿Ha visto usted unos ujeros que hay por desalante, donde están unas figuras muy guapas?... Pues allí. Otra noche dormí en la puerta de esa fráica...
—¿Qué?
—De esa fráica que hay allá... donde hacen el desalumbrado de las calles.
—El gas... ¿Y cómo hiciste el viaje?... ¿pidiendo limosna?
—¡Re-có...! ¿no le digo?... Pues yo traía dinero... Cuando llegué á este pueblo, no me quedaba nada... El primer día me dieron medio pan... Yo gano también haciendo recados á las lavanderas, y en la Estación un señor me dió á llevar el desequipaje...
—¿Y qué enfermedad tienes?... ¿Por qué estabas desmayado?
—Porque me fumé un cigarro que me dió ayer Mateo del Olmo, sargento de la desartillería. Es de mi pueblo, trabajó en mis minas, y fué novio de mi hermana Pepina... Desencendí mi cigarro, y cuando tan siquiera di seis chupadas, todo me daba vueltas.
—¿Y dónde vives ahora?
—En un tejar que hay allá abajo... ¿Ve usted aquella chimenea grande, grande? ¿Ve usted aquella pared blanca, muy blanca? Tiene unas letras que dicen: Calenturón.