—¿Y la dueña de este palacio, dónde está? ¿No hay escobas aquí? Está esa escalera que da asco. Pues las paredes de la sala, también tienen que ver.
—Señora—le dijo Arias, ofreciéndole una de las dos sillas,—tenga usted la bondad de sentarse...
—Gracias... Estoy horripilada... No puedo ver tanta suciedad.
Entró Cirila en aquel momento.
—¿Es usted, señora—le dijo doña Isabel pasando sus vidriosas miradas por las cenefas de papel que adornaban los vasares,—la dueña de este palacio?...
—¿Palacio?... Señora, por fuerza está usted tocada.
—Y dígame usted... ¿no hay por aquí escoba, ni estropajo, ni jabón?... Diga usted, grandísima puerca, ¿no le da vergüenza de que la gente entre aquí, y vea esta falta de pulcritud?
Atónita un momento Cirila, no sabía qué contestar... Las circunstancias no eran propicias á una discusión sobre el uso del estropajo. Venía del cuarto del enfermo, que estaba muy malito... Quizá faltaban pocos minutos para la conclusión de sus padecimientos...
—Señora—balbució Cirila,—ocúpese usted de su sobrino... que está... ¡pobrecito! en las últimas...
—Tengo mucho horror á esta enfermedad. ¿En dónde está mi ángel?... Le veré un momento... ¡Infeliz niño!... Estoy furiosa con el desaseo de esta casa. ¡Qué inmundicia! Esto es el alcázar de la grosería. Vean ustedes cómo me figuro yo que ha de ser el Infierno: un lugar infinitamente privado de agua.