—Yo no pienso acostarme en toda la noche, porque sabe Dios lo que se podrá ofrecer.

—¿Qué lee usted?

—Un acto de El Grande Osuna. Ya lo conocía; pero veo que hay modificaciones.

—Yo intentaré descabezar un sueño—murmuró Arias, tendiéndose en un catre de tijera que Cirila había puesto en aquel estrambótico departamento.—¡Hace un calor!...

—Indudablemente este pobre Miquis valía—declaró Ruiz, dejando la lectura con aires de indulgencia crítica.—No lo digo por este drama, que, á la verdad, me gusta poco. Es un ensayo infantil, una inocentada. Esto no pasa; esto no tiene atadero. Figúrese usted que la verdad histórica anda aquí á la greña con el plan dramático. El pobre Alejandro se quitó de cuentos, y haciendo de su capa un sayo, permitióse levantar testimonios á la verdad. Sin ir más lejos, el pensamiento ambicioso que se atribuye al Duque de Osuna de levantarse con el reino de Italia, no es hecho histórico probado. Se cree que fué más bien conjeturas y recelos del Gobierno de Madrid; envidiosa trama del Duque de Uceda para hundir al Virrey. En cambio, de lo que es un hecho positivo, la terrible conjuración contra Venecia, urdida por el Marqués de Bedmar, con ayuda de Osuna y de don Pedro de Toledo, Gobernador de Milán, no saca ningún partido Miquis. Verdad que la cosa no es dramática, y que los misteriosos proyectos de Osuna lo son. Pero, lo repito, no hay pruebas, y el drama histórico no debe ser una calumnia en verso. Además, ¿de dónde saca este niño que Osuna quisiera unificar la Italia y hacer un grande reino, como el que mucho después soñó Cavour, contra los fueros de las dinastías reinantes y de la Iglesia? Osuna, si alguna idea tuvo de ser Rey, fué contando sólo con la soberanía de Nápoles y Sicilia. Pero este pobre soñador le supone propósitos de derrocar á Venecia y hacerla suya, de someter á Florencia, de barrer los Estados pequeños, y, por último (y esto es ridículo), de quitar al Papa su reino. ¿Qué le parece á usted? El Duque, para este niño, es un precursor de Víctor Manuel y un émulo de Garibaldi. Resulta de todo un dramón progresista y populachero que no hay quien lo aguante. Y si esto se representara, que no se representará, el público tiraría las butacas al escenario... La versificación tiene algunos trozos bonitos; pero hay hinchazón, culteranismo. El plan y desarrollo son abominables: no creo que hay un adefesio mayor. Sin ir más lejos, fíjese usted en la catástrofe, que es un hatajo de absurdos. El teatro parece una carnicería, y el apuntador se salva por milagro. Luego, no resulta de aquí la menor idea de moralidad... Aquí los buenos reciben el palo, y los malos triunfan y se quedan tan frescos... en fin, horrores, disparates, cosas de chiquillos...

Don José Ido, que presente estaba, sentía violentas ganas de alzar la voz protestando contra tal crítica; pero no se atrevió á hacerlo, por ser hombre en quien la timidez podía más que todas las fuerzas del alma. En su interior se dijo y se repitió, con verdadero fervor, que aquel Aristarco no estaba en lo cierto, y que el drama era magnífico, sorprendente, excepcional. Prueba de ello eran las lágrimas que, oyéndolo leer, habían vertido Nicanora y las vecinas, y la emoción grandísima que él había sentido.

IV

Iba á salir don José, cuando una figura singular interceptó la puerta. Él y los dos muchachos se asustaron, porque la persona que entraba, si no era alma del otro mundo, lo parecía. Iluminada de frente por la luz de la cocina, brillaba su rostro de barnizada muñeca; eran sus ojos como cuentas de vidrio, y su delgado cuerpo rígido, con la blanca falda y el negro mantón, tenía fúnebres apariencias.

—¿En dónde está mi sobrino?—preguntó sin dirigirse á ninguno.—Me llevaron un recado diciendo que está gravísimo. ¿Se le puede ver?...

Y sin esperar respuesta, dando algunos pasos hacia dentro, prosiguió así: