—Ruiz, que le llaman á usted...

Don Urgente salió.

—Este pobre Ruiz—observó Miquis con penetración admirable,—porque me ve un poco malo, me quiere poner en paz con Dios... ¡Ya se ve... él es tan religioso!... Respeto sus ideas y sus temores, nacidos de una conciencia recta y noble. En ello prueba lo mucho que me quiere... ¡Y qué talento tiene! ¿No es verdad, Arias? ¿Viste su comedia? Es preciosísima... Lástima que no se dedique al Teatro. Ahora le da por la filosofía de Santo Tomás... Querido don José, estará usted cansado. Dé usted el abanico á Felipe. La verdad es que cada vez parece que hay menos aire, y más calor.

En la cocina, Poleró y Ruiz sostenían agria contienda, á la que también aportó sus razones Cienfuegos, que acababa de llegar, poniéndose de parte del catalán.

—No te metas en eso—le dijo el aprendiz de médico.—El pobrecito está tranquilo y lleno de ilusiones. ¡Si él se ha de ir al Limbo, allá con los Santos Inocentes!...

—Se me está usted pareciendo á Montes, que todo lo ve bajo un prisma,—decía Poleró.

—Ante esa singular manera de juzgar los asuntos de conciencia—manifestó el astrónomo con cierta pompa,—yo me lavo las manos. La responsabilidad, la gravísima responsabilidad, es de usted, no mía.

Y un tanto atufado salió al pasillo, volvió á meterse en la cocina y se puso á leer. ¿Qué leía? El cuaderno del tercer acto, que había tomado de la mesa de Alejandro. Á ratos iba por allí don José Ido, á ratos Arias, conforme se relevaban de la guarda y compañía del moribundo.

—¿Qué tal está ahora, amigo Arias?

—Lo mismo... Se ha desvanecido un momento, y parece que duerme.