Lágrimas y vinagre se confundían en su rostro.
—Retírese usted, señora,—indicó Arias.
—Pase usted aquí... al salón de embajadores,—dijo Poleró, no queriendo destruir la idea de palacio que tan encajada estaba en la mente de la Godoy.
—¡Oh!, sí... me retiro... Que Dios le sane pronto y le vuelva la robustez y la alegría. Ya sabía yo que pasaría esto. Lo supe hace tiempo. Yo lo sé todo.
Ruiz, cuando volvió á la cocina, se acercó á ella y con gravedad insufrible le dijo:
—Señora, en ausencia de la familia, yo me atreví á disponer que nuestro pobre amigo recibiera los consuelos de la Fe... Mi opinión, no obstante, no tuvo apoyo en los demás señores aquí presentes, y yo, no queriendo tampoco insistir en ello, por no ser de la familia, me lavé las manos...
—¿Se lavó usted las manos?—dijo la tiíta reparando en las extremidades del astrónomo.—Pues no se conoce. Las tiene usted que parecen manos de gañán. ¡Jesús! ¿no le da vergüenza de enseñar esas uñas?... ¡Ay! ¡qué horror! Se me revuelve el estómago. ¿Y se atreverá usted á dar esa mano á una señora?... Quiten para allá. Todos son unos bigardos... ¡Qué chicos los de hoy! No se les puede mirar, ni sentir, ni tocar... ¡Qué manazas, qué greñas sin peinar, qué barbas de chivo! Quiten para allá...
Á cada frase aplicaba á su nariz el pañuelo de vinagre... El de las lágrimas se lo había metido en el bolsillo.
—¿Por qué no se sienta usted, señora?
—Estoy bien...—replicó recogiéndose el vestido para no rozarse con ningún mueble ni objeto de los que en la pieza había.—No me siento, no. Sabe Dios lo que habrá en esas sillas... Habrá aquí poblaciones...