—Óigame, señora: haga usted el favor de salir de aquí. En nombre de la familia, yo...
—¡Eh!—dijo Poleró,—no hacer ruido. Ruiz, no se acalore usted: le tengo más miedo á su celo que á un cañón Krupp.
Del estrecho pasillo de la casa salieron todos al larguísimo y no muy ancho que era ingreso común de los diversos cuartos. Allí la claridad competía con las tinieblas; pero Cirila, que también salió, ganosa de aplacar á don Federico, llevaba la luz y alumbraba las figuras movibles y agitadas, cuyas sombras se extendían á lo largo de las paredes y salían hasta la escalera.
—No se puede tolerar—dijo Ruiz, con acento de calorosa honradez,—que en estos momentos críticos, en este trance aflictivo, venga usted á escarnecer con su presencia...
—Señor de Ruiz—observó Cirila incomodándose, pero sin atreverse á alzar la voz,—es mi hermana; y esta casa...
—No hay casa que valga, no hay hermana que valga...—clamó el astrónomo poniéndose furioso, ó simulando el enojo por el gusto que tenía de darse importancia.—Si usted me levanta el gallo, ahora mismo llamo una pareja. Y esta señora se va á la calle. Pronto... ¿Pues qué? ¿después que ha sido la causa de la perdición de nuestro desgraciado amigo, ha de venir á turbar la paz de sus últimos momentos, y á insultarnos á todos...?
—No alborotar, no hacer ruido—volvió á decir Poleró, creyendo que la expulsión se debía verificar con menos bambolla...—Está con la moralidad como chiquillo con zapatos nuevos.
Pero Ruiz, que se pirraba por el aparato escénico, siguió perorando de esta suerte:
—¡Representamos á la familia... y en nombre de la familia... en nombre de lo más sagrado...!
¡Con qué énfasis señalaba su dedo la escalera! La Tal no dijo una palabra. Dirigióle una mirada que lo mismo era de enojo que de burla. Pero no se movía; no parecía dispuesta á obedecer.