—Ya, ya se está usted marchando de aquí—decía Ruiz.—No tengo que añadir una palabra más.

Y ella no hacía más que retorcer las puntas de su pañuelo, y estirarlo luego y volverlo á torcer. Cuando el moralista alzaba mucho la voz, los ojos de ella fulguraban desprecio y cólera. Después, cansada de enredar con el pañuelo, se puso una punta de él en la boca, y tirando fuerte se aplastaba el labio inferior, mostrando sus blancos dientes y sus encías rojas.

—Más vale que te vayas—le dijo Cirila.—Así no tendremos cuestiones.

—¡Que traigo una pareja!

—Sosiéguese usted, hombre de Dios.

—¡Que la traigo!...

La Tal tiraba tan fuerte de su pañuelo, que sacó de él una tira con los dientes. Sólo con mirar á Ruiz, sin proferir una palabra, sabe Dios las perrerías que le dijo:

—Vaya, vaya—dijo Poleró empujándola con suavidad y llevándola consigo.—Ahora no puede usted verle... Acábese esto de una vez.

Cirila se retiró, dejando la luz á Ruiz. Cienfuegos alejóse también. La inflexible figura del astrónomo permaneció en medio del pasillo, con la luz en una mano, señalando con la otra la salida y término de aquel luengo conducto. Era la estatua de la moral pública alumbrando el mundo, y expulsando al vicio del cenáculo de las buenas costumbres. La consabida le echó unas tan atroces rociadas de desprecio, todo con el mirar, nada con la palabra, que casi, casi hicieron conmover en su firme asiento á la iracunda estatua, y se fué despacio, con irrisorios alardes de dignidad. Daba pataditas, y en la escalera marcaba los peldaños con cadencia insolente... Abur, espanto de las edades, viruela de los corazones, epidemia social, brújula del Infierno, carril de perdición, vaso de deshonra, rosa mustia, torre de vanidades, hijastra de Eva, tempestad de males, hidra corruptorísima. Carguen contigo los diablos feos y llévente, con tu séquito y corte de pecados, á donde no te volvamos á ver.

V