Á las diez, Alejandro, dando un suspiro, pareció que salía de aquel espasmo congojoso. Cienfuegos y Felipe no se movían de su lado. Poleró y Arias, que entraban y salían de puntillas, en la sala callaban atentos, en la cocina se comunicaban sus tristes impresiones; y Ruiz, satisfecho de sus rasgos de carácter, sintiendo la gloriosa fatiga del que ha trabajado enormemente por la Humanidad, se echó á dormir en el camastro situado en uno de los cuartos obscuros. Cirila había ido á buscar cháchara á la puerta de la casa de Resplandor. Don José Ido, instalado en la cocina, esperaba las órdenes que se le quisieran dar, como salir en busca de los Santos Óleos ó de algún heróico remedio. Rosita se dejaba ver por allí alguna vez, soñolienta, deseando que la mandaran traer algo, ó prestar cualquier servicio. «Hija, ¿por qué no te acuestas?» le decía su padre. La infeliz no perdía ocasión de entrar en el cuarto del moribundo y coger con disimulo cortezas de pan, de las que había sobre la mesa, para comérselas y llevar algo á sus hermanos, acostados ya, pero despiertos, los tres juntos en un desvencijado catre.

Al despertar Alejandro de su pesado sopor, asombróse de ver á Felipe, y le dijo:

—¡Oh!... Flip... Ahora que te veo, comprendo que todo ha sido sueño... Creía estar en mi casa... Me pareció que ví entrar aquí á mi madre, y que me cuidaba... ¿De veras no ha estado aquí mi madre?

—¡Qué cosas se le ocurren! ¿Y para qué ha de venir su mamá si nosotros nos vamos á ir para allá la semana que entra?

—Dices bien... Pero yo, aun despierto, juraría que la ví entrar con su vestido de rayas blancas y negras. También juraría que andaba por aquí mi hermanillo Augusto enredando con un palo largo y un carretoncillo.

—Era Rosita Ido, que entra, como los pájaros, á buscar migas de pan.

—Dale todo lo que haya. Dinero no nos hace falta. Mi madre ha mandado mucho. ¿Sabes que me encuentro ahora muy bien? ¡Respiro con facilidad y me dan ganas de conversación!... Puede que podamos largarnos dentro de dos ó tres días. Á ver, probaré á levantarme. Cógeme por aquí... Y tú, Cienfuegos, por este otro lado. ¡Arriba, guapo!

Entre los dos le levantaron, dió dos pasos, y al instante volvió á caer en el sillón.

—Perfectamente. Aunque no puedo moverme, reconozco que estoy ágil, relativamente... Y no me duelen las piernas cuando las estiro, ni los brazos... Esta tarde he padecido horriblemente. Deseaba morirme, ¡qué disparate! y decía para mí que siendo la vida un suplicio, la muerte es la convalecencia de la vida, y que morir es sanar. ¿Qué te parece, Cienfuegos?

—Que no pienses en eso. Pronto estarás hecho un roble. Duérmete ahora.