—¡Si no tengo sueño, hombre de Dios!—replicó el enfermo, respirando con cierto desahogo, y pronunciando claramente las palabras una á una.—¿Sabes lo que haría yo ahora de buena gana? Pues me pondría á escribir. Siento cierta frescura en el entendimiento. Esta tarde, en aquel padecer horrible, estaba viendo clarita, verso por verso, toda una escena de El Condenado por confiado.

—La escribirás en la Mancha. ¿Tienes sed?

—Ni pizca... ¡Ah! sí. Felipe, dame agua... ¿Con que lo he soñado, ó es cierto que viene mi madre á buscarme?

—Es cierto que viene—manifestó Cienfuegos.—Ya te dije que la espero mañana.

Cienfuegos y Poleró habían puesto un parte á la familia, y esperaban que alguien viniese. Pero al enfermo no habían dicho nada de esto por no alarmarle.

—¿Pusísteis telegrama?

—No, hombre. ¿Á qué venía eso, si tú no tienes gravedad?

Los amigos habían recibido el día anterior una carta de don Pedro Miquis, en la cual decía que él ó su señora irían á Madrid, en caso de recibir aviso telegráfico de la importancia del mal.

—¿De modo que tú crees que vendrá mi madre?...

—Mañana la tendrás aquí.