—¿No sabes lo que ocurre?—dijo á Felipe mostrando en la palma de la mano dos monedas de oro.—Pues verás: me llama ese bendito don Alejandro... Entro, hijo, y me da estos doblones... Dice que no le hacen falta; que tiene el mayor gusto en atender á mis necesidades. Francamente, naturalmente, yo lo agradezco mucho, yo estoy conmovido... ese joven es un santo... pero si mañana hiciera falta este dinero para el entierro...

Diciendo esto, guardaba las monedas.

—Si quieres completar el rasgo de generosidad de tu noble amo—añadió retrocediendo,—amigo Felipe, liberal joven, digno Panza de aquel bravo don Quijote, ¿por qué no me das uno de los dos panecillos que tienes allí? Creo que no te harán falta. Tu amo está rico. Estos pobres niños no quieren dormirse por la gran necesidad que tienen...

Centeno le dió sin vacilar lo que deseaba. Partió el pendolista un pedazo para darlo á su hija, y el resto destinólo á los chicos, no sin coger para sí un bocado que se comió con muchísima gana.

—Yo no me acuesto esta noche. Pienso que he de hacer falta. Y además, ¿para qué dormir? ¿para soñar que soy director de un colegio y luego despertar lleno de desconsuelo y amarguras? Mejor es velar, velar...

Poleró entró en la cocina diciendo:

—Parece mentira... Está despejadísimo; pero cree Cienfuegos que durará pocas horas... Felipe, te llama.

Cuando Centeno entró, su amo callaba. De pronto murmuró estas palabras:

—Que me dejen solo con Felipe.

Arias salió; pero Cienfuegos quedóse oculto tras el sillón.